Desde la otra mitad

Todavía no estamos listos. Al menos dos generaciones han pasado desde el evento conocido como “liberación femenina” y aún hace falta que nos apunten qué se siente, con qué miedos viven todos los días, qué han tenido que hacer para darle la vuelta al status quo, a situaciones que no van a cambiar. No durante esta vida.

Hablo de los hombres, aquí. Como no-siempre-orgulloso miembro de este gremio, debo decir que todavía es común el sentimiento de que los hombres no podemos, no tenemos que apagar los instintos que nos llegan desde lo más profundo, y que han sido parte del círculo de la vida desde que el primate se volvió humano. Desde antes, de hecho.

Aún es necesario recordarnos que, para una mujer, salir guapa y arreglada a la calle tiene que haber sido medido contra la certeza de que será acosada con miradas, palabras y hasta algún contacto físico indeseable. Que caminar por una zona donde haya más de 10 hombres juntos es peligroso porque el “efecto anonimato” les da valor y amplifica sus naturalezas animales. Que trabajar, conversar, departir, compartir, comer, ayudar, pedir, dar, o interactuar con hombres siempre puede llevar, aunque no se espere ni justifique, a un lugar incómodo en donde tenga que echar mano de toda su sabiduría y experiencia para mover el foco lejos del contexto sexual. Una mujer siempre tiene que tener a la mano su manual interiorizado de Uso de Armas con Fines no Involucratorios.

Dice Louis C.K. en uno de sus bits cómicos, parte verdad-parte chiste:

No sé cómo es que las mujeres salen con hombres,

considerando que somos la mayor amenaza para ellas.

¡Pero las mujeres siguen saliendo con nosotros!

-‘Sí, saldré contigo, sola, de noche’.

(¿Estás loca?)

-‘¿A dónde vamos a ir hoy?’

(A tu muerte, estadísticamente)

(Esto no es necesariamente cierto. Las causas de muerte en mujeres, en Estados Unidos, son en general muy similares a las de muerte en hombres. Pero el punto es muy ilustrativo).

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. No es ninguna celebración, no es para felicitar a nadie (#osazo). Es para aumentar la concientización. Para que la otra mitad del mundo, la que no tiene un Día Internacional, escuche y entienda cuáles son los problemas que plagan a la mitad apelada. Son muchos problemas, y desde 2000 se han puesto “temas” para cada año, que siempre van por dos grandes vertientes: igualdad y violencia. Una, consecuencia de la falta de la otra. Este año la ONU eligió como tema “Igualdad para las mujeres: progreso para tod@s” (hasta en las mejores familias usan la arroba en vez de o/a). El argumento es que los países donde hay más igualdad avanzan más. Está bien.

Pero en paralelo creo que hay que atender otro tema mucho más importante: la violencia contra las mujeres. La prevención, la reacción, la atención.

Los chistes sexistas sobre las mujeres y la cocina; la degradación y sumisión en los concursos de belleza; la humillación del acoso sexual. Todo esto, tolerado por todos y perpetuado por los hombres.
Yo soy hombre. Y aunque muchos, incluso mujeres, se creen el cuento de la animalidad y las reacciones instintivas del género masculino, yo digo que ya basta. Es bien simple: no abusar de la fuerza para intimidar ni forzar, jamás. No abusar de ser mayores en número, tamaño, fuerza. Nunca. Punto. Es un precepto tan sencillo que hasta cabe en un tuit.

Ya se sabe

Me nem nesa
(“Ya se sabe”, dialecto Dothraki)

 

Elvis fingió su muerte y vive en Brasil, muerto de aburrición, sin drogas ni conciertos ni admiradoras golpeando su puerta. La CIA hizo caer las Torres Gemelas, en un esfuerzo imaginativo increíble, presionado por los grandes consorcios que se alimentan de las guerras, y el de unos cuantos operadores de seguridad en aeropuertos que deseaban escanear a las pasajeras guapas con máquinas de rayos X de cuerpo completo. Cada pequeña acción del gobierno, sea local o nacional, ha sido ordenada puntualmente por Enrique Peña Nieto, que todos saben que recibe instrucciones de Luis Videgaray, lacayo de Carlos Slim y Carlos Salinas, que obedecen órdenes de los poderes fácticos sionistas, que son a su vez una fachada para los Illuminati, logia que ha sobrevivido desde el s. XIV gracias a poderes fantásticos que por supuesto se han guardado de usar cuando realizan tareas no-illumináticas.

Y un nuevo manjar para los conspiramigos: la captura del Chapo Guzmán. Las orejas no son iguales, el pelo es diferente, engordó, envejeció, nos están engañando. Aparentemente el 41% de los mexicanos creen que este Chapo que nos enseñaron no es el Chapo de verdad. Claro que aproximadamente el 0.0001% de los mexicanos ha visto alguna vez a tan ilustre señor en persona, no sólo en foto. Y si alguna vez has visto una foto tuya de perfil, desde arriba, haciendo un ademán extraño y usando ropa que te quedaba demasiado justa, sabes que las fotos no sirven para decir que sabes cómo luce una persona.

Dudar es inteligente. Es una de las cosas que distingue al adulto del niño, al inteligente del ingenuo. Pero dudar colectivamente es otra cosa: es otra forma de ser como los demás. Es, quizá, pertenecer a la logia de la mexicanidad experimentada. Y también, paradójicamente, es ir con la corriente y ser víctima de un posible engaño, pero viniendo desde la otra dirección. De hecho también es tener miedo: a ser tomado por tonto, inocente, crédulo. A creer en la información “oficial”. A no saber que el gobierno nos toma el pelo en todo, porque el gobierno es malo, siempre lo ha sido, y a excepción de una tía que trabaja en Sagarpa y nadie sabe qué hace exactamente, todos los demás burócratas funcionan en sincronización para encubrir, manipular y esconder. Casi ninguno de ellos sabe por qué lo hace, pero lo hace. Es sabido.

Me imagino que en Suecia, cuando el gobierno dice que se gastó ocho millones de coronas suecas para pavimentar la calle Sôchtzoltz, el 99% de los ciudadanos, en vez de pensar que justo en esa calle vive el primer ministro o que seguramente le asignaron ese proyecto a su primo segundo, se queda conforme y continúa armando muebles o coches o siendo amables con sus semejantes o alguna otra cosa fantástica. Pero en este país no: desconfiar es necesidad. Los esfuerzos del gobierno, que son muchos, palidecen ante la percepción de corrupción e ineficiencia. Muchos servidores públicos hacen cosas buenas, trabajan bajo un código de honor, o simplemente hacen su chamba. Pero muchos otros no. Y por eso, previsiblemente, no es fácil confiar.

 

Sin embargo también es buen ejercicio desconfiar de la desconfianza. Del mismo modo en que puedes imaginar a un oscuro policía buscando por las calles a un Chapo-doppelgänger, deberías creer que a alguien le benefician tus dudas, y más si logra hacer que las expreses públicamente. Y pensar. Pensar es lo mejor de todo. ¿Importa realmente si el verdadero Chapo Guzmán está en Bali mientras un clon suyo se da -con toda probabilidad- la gran vida en la cárcel? ¿Nos están ocultando la verdad? ¿Qué consecuencias habrá? ¿Es una estrategia para poner a EPN en la cima de la opinión mundial? ¿Deberíamos rebelarnos y hacer saber a todos que el presidente no es el gran estadista que quieren pintar, y que el país está en un estado fallido en el que sería una tontería invertir?

El escepticismo es buena estrategia, en su modo no vociferante.

Extracción

No recuerdo el momento preciso ni qué pasaba en esos momentos por mi mente, pero cuando supe que la secuestraron, se activaron en mí esas secciones del cerebro que seguramente son las que se prenden al final de la vida, cuando estás en tu cama esperando el momento final, y entiendes durante unos breves segundos que sí, que estas cosas te pasan a ti también, que no tenían por qué no haber pasado nunca. Pensé y pensé en las cosas que vivimos juntos, el día que la conocí, tan platicado por ambos; las veces en que estuve cegado por su amor y cuando después descubrí que pocas cosas habían sido verdaderas en nuestra relación. Recordé cosas malas que le deseé, abrigado por la libertad de saber que era imposible que le ocurrieran debido a mis pensamientos. Cerré un momento los ojos, hice un esfuerzo por dejar de pensar egoísmos pero no hacía más que sentir que todo era parte del karma y que por alguna absurda omnipotencia las cosas se estaban ajustando, no hacia el mejor de los escenarios pero sí hacia uno que hacía falta vivir. No pude pensar en el dolor de su familia ni la angustia que ella misma estaría viviendo. Era demasiado duro. Tampoco pude hacer llegar mi mente hacia el punto en el que todo lo que has hecho en la vida se borra de un plumazo, y ni siquiera por un auto en accidente estúpido ni la pésima suerte en forma de bala, sino por la mezquindad de un grupo de seres que habían decidido que merecían ese poder de decidir sobre la vida de otros y crear el mayor sufrimiento sostenido que se puede imaginar.

Lo que sí podía imaginar eran los escenarios posteriores a lo que mi mente asumía como la consecuencia inevitable. Sólo me detenía a considerar las malas noticias, e incluso cuando las noticias eran buenas, llegaban después de un largo tiempo en el que el alma se había ya dado por vencida y todos nos habíamos hecho a la idea del peor de los resultados. Pensé que de ocurrirle a alguien de mi familia, me cegaría de odio y abandonaría todo en pos de una venganza que tampoco parece ser el camino más común para los familiares de víctimas de secuestro.

Jamás sino hasta ahora se me ocurrió pensar que esos que en algún momento se deciden a capturar a una persona, a interrumpirle el camino, a arriesgarse por unos miles de pesos que son el atajo hacia una vida mejor que jamás tendrán, son quizás los primeros sorprendidos cuando finalmente se deciden a ejecutar el secuestro, y que jamás se llaman a sí mismo “secuestradores”, porque quizás a ellos también les parece una palabra demasiado fuerte, que evoca imágenes de llanto, desesperación, y los inevitables finales tristes, ya sea para las víctimas o para ellos mismos.

No sabía yo en ese momento que ella estaba también viviendo instantes de lucidez nunca antes conocida, recapitulando historias de su vida, recordando pedazos de lo que había o no construido, y que entre esos pequeños recuerdos había espacio para los que tenía conmigo, tanto en los que habrían coincidido si alguna vez hubiéramos tenido tiempo para disfrutar juntos de sus memorias, como los que curiosamente eran opuestos a los míos, y en los que ya jamás nos pondríamos de acuerdo porque las veces en que lo intentamos, invariablemente nos quedábamos cada uno con las mismas conclusiones, excepto cuando las conclusiones eran las mismas pero amplificadas a la luz de las infructuosas pláticas.
Por hacer que mi mente dejara de vagar en esos pensamientos tan desagradables, intenté primero dedicarme a tareas generales y luego a otras que exigieran una mayor concentración, pero el sentimiento de tristeza me interrumpía a cada segundo, haciendo que volvieran a pasar por mi mente los mismos pensamientos negativos, las oscuras ideas que yo sentía como premoniciones y que muy en el fondo eran deseos. Sin notarlo, estaba actuando mecánicamente, y aunque incluso contestaba a las preguntas que otras personas me hacían, era como si todo eso lo estuviera viviendo alguien más y no yo. Me preocupó por un momento estar tomando toda esta situación con demasiada angustia, y acto seguido me preocupó no estar dándole la importancia debida, para finalmente sentir una mezcla de liberación y deseo, invadiéndome de forma desordenada.

Justo a la mitad de uno de estos actos involuntarios miré hacia fuera de mí, intentando ubicar una voz que me parecía familiar, vi que extrañamente la tenía enfrente de mí, a ella, y que había dejado de hablarme durante unos segundos, con los ojos nublados por las lágrimas, calculando si debía callar o no. Salió de mí un sonido que correspondía a las palabras “vete, eres libre” pero me sonó como si alguien más lo dijera, y sentí que ese alguien más era un, qué difícil palabra, secuestrador.
Me senté a considerar todo esto mientras escuchaba, otra vez en los oídos de alguien más, un ruido como de sirenas.

Si no eres el cliente…

“Si te dan el servicio gratis, entonces tú no eres el cliente”. Es el dicho que funciona últimamente como driver de todo el mundo de internet. Ahora tenemos e-mail gratuito, buscadores gratuitos, mensajería gratuita, redes sociales, enciclopedia actualizada al segundo, administración de tus finanzas personales, etc. Todo gratis, sin desembolsar un peso. En todos los casos anteriores salvo el de la Wikipedia, el financiamiento se hace vía otros clientes: Google, Twitter, Whatsapp, Facebook, todos ellos tienen gastos enormes: personal, equipo, matenimiento, ancho de banda. Alguien tiene que pagar las cuentas y no es precisamente un millonario excéntrico que, movido por la culpa de haber hecho su fortuna por algún medio ilícito, desea dejar un mundo mejor antes de morir (cualquier semejanza con el scripts de series gringas de misterio y detectives es meramente casual).

Mucha gente me pregunta “¿…y entonces cómo hace dinero Facebook, si todo es gratis?” Para quien haya sufrido, digo tenido la suerte de trabajar en campañas de marketing modernas, es fácil saber que los enormes ingresos de Facebook vienen de los anuncios laterales que aparecen en cada página del sitio y por los que las marcas, artistas y candidatos desembolsan dinero ahora que los “Likes” son los lingotes de oro de internet.

(De hecho me pregunto, al ver que los noticiarios también le han entrado al juego absurdo de presentar estadísticas de popularidad basadas en followers y likes, si se dan cuenta de que están trabajando para Twitter y Facebook. No, no me contesten.)

Si uno mira bajo esta óptica los cambios que hacen estos sitios, aguantando reclamos de sus usuarios -que no clientes-, arriesgando su popularidad por implementar políticas más agresivas de publicitación de marcas, compartición de tus datos personales, etc, es más claro entender cuál es esa no tan oculta agenda que los motiva. De hecho casi nunca estos sitios implementan un nuevo servicio por el que piensen cobrar: todo es “gratis”. Sólo cuando el servicio es de utilidad exclusivamente para el usuario, le ponen un precio. Pero en general intentan absorber incluso estos gastos (véase la cantidad de servicios incluidos en los Facebook Fan Pages, por los cuales no cobran ni un centavo).

No ser el cliente tiene sus grandes desventajas. Jamás te van a consultar o pedir aprobación cuando sea necesario hacer modificaciones, cambios en el diseño ni darte acceso a funcionalidad privilegiada en el sitio (¡imagina que por una cuota mensual Google te mostrara mejores resultados en tus búsuqedas o que por $100 quincenales pudieras obtener ese Santo Grial de las redes sociales, el “Quiero ver quién visitó mi perfil”!)

Tampoco es muy probable que, no siendo el cliente, alguno de estos sitios te dé un trato especial si por error borraste todos tus mails o encontraste un espantoso “bug” que no te permite subir una foto al perfil si el archivo viene con acentos. Es, básicamente, el mundo de “aprovecha lo que te damos y no te quejes”.

Entonces, ¿cómo sí puedo hacer que me escuchen si no estoy de acuerdo con algo?, te estás preguntando. Creo que hay dos respuestas: quejándote desde algún púlpito suficientemente visible, o hacerlo en bola. Lloriquear en Twitter porque Whatsapp a veces no funciona es poco efectivo si tienes 84 followers, pero si tienes 200,000 la cosa cambia (véase el caso de Alec Baldwin y American Airlines, que por cierto le rebotó en el trasero a don Alec, pero eso es también una consecuencia de ser un blanco tan visible). Con todo y su banalidad, para eso pueden servir los TTs, los memes, los likes. Es difícil hacer que tu voz se escuche entre tantos gritos, susurros y murmullos, pero nunca sabes si esa frase tonta que pusiste en un cartel amarillo imitando los de la librería Gandhi va a tener al día siguiente 50,000 comments en tu Tumblr.

Y creo que lo mismo se puede aplicar a la política, a las elecciones, a la participación ciudadana. Está claro que ningún político trabaja para ti, ni para tu comunidad, ni tu estado. Todos trabajan para ellos mismos, para el partido y para los reflectores. Necesitan, como Google+, que te unas a ellos, que te cambies de bando, que por lo menos los tengas presentes. Necesitan que les votes, y para eso tienen que presentarse como opciones atractivas, intentando decir y proponer algo que le resulte atractivo a la mayor cantidad de personas, mientras en los medios se presentan como los paladines de la justicia, el honor del país y la defensa de los entuertos. Quizás en lo oscurito negocian con los poderosos y los que saben cómo manejar un país o una dependencia, pero al final no gana quien hizo mejores planes de gobierno ni el que será capaz de pensar claro cuando 50 reporteros le pregunten algo que no venía en el Acordeón Maestro de Preceptos Enlatados que practica todas las noches frente al espejo.

Así que: por supuesto que sirve de algo votar. Por el menos malo, si así lo quieres ver. Por el que no se va a volver loco con tanto poder ni se va a obsesionar con sólo una de las responsabilidades de su trabajo. Por el que será capaz de armar un gran equipo de trabajo y sepa manejar ante los medios cualquier impasse propio o ajeno.

Pero no sólo hace falta votar. También hay que reclamar, organizarse, pararse de la silla en la que estás leyendo esto y hacer bola junto con otros 100, 500, 10,000 con los que coincides en tu molestia. Sí, sirve de algo ser activista de red social: a veces ahí empieza la atención a moverse hacia algún tema. Pero a veces hará falta hacer algo un poco más asertivo. Más preciso.

Y darle poder a los buenos periodistas, a los buenos medios, a los que hacen bien su trabajo y sabrán quejarse desde su tarima. Sí hay, y varios.

The Bloggess

Soy fan fan fan de Jenny Lawson, a.k.a. The Bloggess; su humor me mata. Un ejemplo: después de“mostrar claramente” a Stephen Colbert como robachistes (-Dios siempre, después de abrir una puerta, abre una ventana. -Probablemente por eso la cuenta de la calefacción del paraíso siempre anda por las nubes), algún lector le señaló que en realidad ese chiste lo había dicho Colbert en programas MUY anteriores.

¿Su respuesta?

Dios mío. Ni siquiera Stephen Colbert es inmune a que sus chistes sean robados por Stephen Colbert

De la manera difícil

Desde siempre me he considerado un experto en hacer las cosas de la forma más simple que he tenido a la mano. Y es que soy flojo. Mucho. Si me das la oportunidad, dormiré hasta las 11:00; si me obligas a hacer la misma cosa 100 veces, prefiero emplear el doble de tiempo para pensar en cómo hacerlo sólo una vez y luego con un botón mágicamente crear las 99 versiones restantes.

XKCD *siempre* tiene algo qué decirXKCD *siempre* tiene algo qué decir

Como es fácil deducir, esto de ser siempre práctico no siempre es práctico. A veces es fácil perder horas o hasta días enteros buscando una herramienta perfecta para una tarea talachuda que en el peor de los casos habría tomado un par de horas terminar. Y escudarse en el espíritu científico al intentar explicar por qué decidiste emplear dos semanas para aprender Ruby, si lo que necesitabas en realidad era producirurgentemente un PDF con cientos de gráficas. Y claro, no olvidar mencionar cuando te das cuenta de que la herramienta perfecta en realidad no sirve para resolver tu problema. A veces no hay sustituto para el trabajo fecundo y creador. ¿O era sangre, sudor y lágrimas? Nunca he sido el mejor para esto de las citas inspiradoras.

Sin embargo, a la larga todo este sufrimiento suele pagar: en mi caso, el resultado ha sido conocer los atajos para el teclado de al menos 100 aplicaciones, y no usar el mouse casi nunca -sospecho que el origen de esta obsesióon fue precisamente mi inhabilidad para usarlo-, y la ilusión de trabajar más rápido. O al menos hacer más cosas a la vez. No todas productivas, por cierto.

Pero a veces otra cosa que se interpone en el camino del pragmatismo es la comodidad. Y en el camino de la comodidad, la búsqueda de un ideal estético. Me explico: aunque es probable que la postura ideal para trabajar sea sentado en una silla ergonómica, con teclado ergonómico y monitor colocado a la altura ergonómica ideal, es más cool hacerlo en tu MacBook Air de 11” recargada en tus piernas. O peor aún: con tu iPad 2 recargado en las piernas, Smart Cover enrollado cuidadosamente, intentando balancearlo de forma que el teclado se alinee mínimamente con tus manos mientras intentas escribir un post para el blog en una sesión de pantallita verde (ssh, para quien entienda) que es, en definitiva, mucho más lenta que en una compu real. Steve Jobs estaría orgulloso o por lo menos te daría unas palmaditas en la espalda mientras le envía una mirada de complicidad a Jony Ive.

Realmente no te puedes culpar por intentar cumplir este ideal moderno de comodidad y belleza, ¿verdad?¿Verdad?

Soneto a un tuitero

Necesitaba sacar este engendro de mi mente, espero que haga sentido porque si no, me sería más fácil llorar que componerlo. Inspirado en un tuitero que solía ser genial, o al menos eso creí, y ahora… no sé, no quiero ni decirlo. Mmhh, OK, lo diré sólo para prevenir a otros: ha sido atraído por el Lado Oscuro de la Fuerza de los Tweets Automáticos.
No-usuarios de Twitter: favor de abstenerse. Ni siquiera es buena la rima.
— o —
Me cansó tu mundo perfecto,
la soberbia de tus tweets;
ahora por fin decidí
darte unfollow en soneto.
Me pregunto qué pasó:
¿se convirtió en un vicio?
¿o fue que desde el inicio
lo que creímos no existió?
Del tiempo que te seguí
no quisiera ni pensar
prefiero dejarlo hasta aquí
para ya no mirar tu avatar
y pensar “¿me pasará a mí
que tanto disfruito tuitear?”

 

14 consejos a tuiteros irritantes

Si internet es un lugar y no un medio, y si Facebook es tu casa, entonces Twitter equivale a un bar con chismógrafo donde se enumeran todas las veces que se la mentaste a otro conductor, que miraste el escote de una compañera en la oficina, que hiciste comentarios políticamente incorrectos sobre los negros o el aborto. Pero quizás el mayor pecado en Twitter, al menos para mí, es ser irritante. Para ello es que elaboré esta lista, en una noche de insomnio mientras leía a los que tuitean en las madrugadas.
Te dirás “¡Oh no! ¿Otra de esas listas regañoncitas sobre qué se debe / no se debe hacer en Twitter?” Ante lo cual, mi respuesta es: al menos esta es corta.
  1. Si no cabe en twitter, no va en twitter.
  2. Cuando vives, no tuiteas. Y viceversa.
  3. Si te “montas” en el tuit de alguien para corregirle ortografía / conceptos, oh sorpresa, es muy seguro que no te agradecerá. “Eso es una copla, no un haiku”.
  4. Los hashtags son tus amigos pero no entre sí. No les gusta compartir con otro hashtag un mismo tuit. #Nisiquierasicreesqueeschistoso #porquenoloes.
  5. Tener followers no es un logro en la vida.
  6. Cero personas entran a Twitter para que les pimpees tu producto / blog / chamba. Lo sé, es sorpresivo.
  7. Los followers no se van si tuiteas poco. Relájate, piensa el tuit, no pasa nada.
  8. Es lindo saber sólo un poco de tus actividades rutinarias. Sólo un poco.
  9. Sabías que los que te leemos no somos los mismos que lees? Háblanos a nosotros, no a ellos.
  10. Tú me sigues y quieres que te siga, por reciprocidad. Pero dime, ¿tú te seguirías?
  11. Usar twitter en modo write-only es tonto y egoísta. A menos que seas una celebridad. En cuyo caso es sólo lógico.
  12. Es 10 veces más rápido olvidar a alguien después de darle unfollow que quejarte públicamente de él.
  13. Mejor mudo que llorón.
  14. Hecho poco conocido: en twitter te seguimos a ti, no a todos con los que haces chistes privados. Gracias por no hacerles RT.
Para cargar a todas horas y hacer autoevaluación. Cada ítem cabría en un tuit, por cierto. Así que podrías usarlos como arma o para ser más popular en las fiestas y hacer que todos crean que eres un experto en Twitter. Sólo no les digas tu nick si tú mismo no has cumplido con esta lista.
¿Alguna otra costumbre irritante que se me esté olvidando?

Esta vida que nos tocó navegar

Estoy convencido de que estamos viviendo una época fantástica, una a la que nadie, ni nosotros mismos, tuvimos acceso antes. La tecnología ha mejorado muchas tareas existentes y nos ha dado muchas diversiones inéditas: encontrar información sobre casi cualquier tema está a unos minutos de distancia. La aparición deFacebook y similares ha amplificado exponencialmente las posibilidades de relación, dándole a los muy jóvenes una herramienta para compartir, interactuar, ligar y hasta espiar a sus conocidos, y a nosotros los no tan jóvenes una increíble oportunidad para mantenernos en contacto y reencontrar a personas que eran parte del baúl del recuerdo.

GoogleTwitterBlogger, el Messenger, son parte del bagaje tecnológico de cualquier individuo conectado y favorecen el fenómeno de “Long Tail“: como tenemos acceso a una cantidad casi infinita de opciones, ya no tenemos que elegir quedarnos en el mainstream y ser parte de la borregada que consume sólo lo que pertenece al Top-40 o Top-100, ni siquiera al Top-10,000. Un joven de hoy día puede elegir ser fan deA stack of the iPods I now own... included are...Image via Wikipedia

Queen tanto como podría serlo de Kings of Leon, prácticamente no hay ninguna diferencia, porque el acceso a su música e información es igual de simple. Hoy es más fácil para él aprender chino que para nosotros, hace 20 años, encontrar un LP raro de Frank Zappa.

No sólo el internet es una razón para pasar más cómodamente la vida. El celular, por ejemplo, ha hecho que esperar dos horas a la novia afuera de un parque sin saber si va a llegar o no se vuelvan obsoletas. El iPod y sus primos son una fuente casi infinita de gozo para quien se ve obligado a pasar un par de horas en la fila del banco o incluso para mejorar la experiencia sensorial de observar a los pasajeros del Metro.

Sin embargo…
Sin embargo, no todo es perfecto. Una amiga comentaba hoy al respecto en mi página de Facebook:

…creo que es un hecho que la tecnologia a veces aliena, abstrae, disminuye la tolerancia a la espera, a la frustracion, nos vuelve flojos, hace olvidar lo que es investigar y buscar, conocer.

La tolerancia a la espera me pega especialmente: cuando pierdo las llaves o la cartera, me desespera no poder darle “Find” y verlas de inmediato sobre un fondo amarillo pulsante. En el futuro seguro este problema desaparecerá con RFID y cosas similares, pero el choque mundo real-vs-electrónico es mucho peor cuando se trata de encontrar un recibo, una factura, una hoja cualquiera entre un mar de papeles.

Y claro, también está el asunto de las relaciones virtuales. Cuando pasamos más tiempo en el mundo virtual donde se trata de manipular entes que están diseñados para ser controlados, se vuelve frustrante intentar interactuar con personas del otro lado del cable, y más aún cuando son de carne y hueso. Es muy fácil caer en la ilusión de “ayer me encontré a fulanito, llevaba años sin verlo”, cuando ni lo encontraste (lo hizo Facebook porque leyó tu agenda de direcciones) ni mucho menos lo viste. Es irónico que sea más fácil y menos comprometido enviar un mensaje de celular que diga “me encantas” a la niña que te gusta, que decirle simplemente Hola en persona. Y también, inevitablemente, gastas menos tiempo chateando con un amigo de la infancia que yendo a un café en un punto intermedio.

Nada es blanco ni negro
Al final, todas las eras han tenido sus tentaciones y amenazas. En algunas épocas fue la intolerancia, en otras la ignorancia, o el abandono, o la rebeldía. Siempre hubo razones para que los ancianos dijeran “¡Qué barbaridad! ¡En mis tiempos no se veían cosas así!”. De igual modo, en estos tiempos alguien que pasa 3 horas al día en Facebook puede estar huyendo exitosamente de contacto físico de otro tipo, y quien está en plena fiesta leyendo noticias en el celular probablemente en los 60s habría sido el inadaptado que ni siquiera iba a la fiesta.

El chiste es aprovechar lo que tienes: explotar al máximo las posibilidades de la tecnología, y preguntarte a menudo si no estás sustituyendo las relaciones de carne y hueso con quizzes y tarjetas electrónicas de felicitación. Estamos viviendo una era de comunicación y acceso casi inmediato a todo lo que pueda representarse con bytes. Que es casi todo, exceptuando los átomos.

Pero vilipendiar la tecnología equivaldría a no comprar celular y esperar a tu novia afuera del cine, bajo la lluvia, para enterarte dos horas después de que en la oficina una junta se extendió más de lo razonable.

Sólo un paso

Dice la sabiduría popular que del amor al odio hay sólo un paso. Por mucho que me he resistido a creerlo, no fue sino hasta que lo experimenté que quedé convencido de que el vox populi suele saber lo que dice. “Sólo un paso”, reza la frase, y parecería absurdo intentar defender la idea. ¿Cómo va a ser que se pueda viajar tan inmediatamente de un sentimiento tan positivo y puro como el amor hacia otro tan terrible y cargado de rencores que no se apagan? ¿Será que, si el amor que sentías se convirtió en odio de forma tan fácil, en realidad no se trataba de amor, en primer lugar? ¿O que te estás engañando al creer que sientes odio cuando la verdad es que sólo estás intentando encubrir algún dolor y la patética permanencia de tu amor?

No soy yo quien intente explicar qué es el amor o a qué nos referimos exactamente al hablar del odio. De seguro hay un montón de textos al respecto, y me imagino que la psicología nos lo puede decir de forma mucho más lapidaria. Sin embargo, me atrevo a opinar algunas cosas que podrían ponernos en la pista del entendimiento.

¿Cómo puede ser que haya sólo un paso?

Si entre dos cosas sólo hay un paso de diferencia, de seguro se debe a que son muy cercanas. Esta hipótesis puede parecer hasta trivial, puede que sea una clave para entender el fenómeno: el amor y el odio son muy similares. Cuando amas, se supone, no piensas en ti y te entregas por completo a la otra persona. En cambio, cuando odias no piensas en nadie más que en ti mismo y el momento en lavar tu afrenta o desquitar tu coraje. Entonces, y suponiendo que de verdad el amor y el odio son muy similares, ¿no será que el amor también es un acto egoísta en su raíz? Porque amar no es altruista: no amas a quien lo necesita, sino amas porque tú lo necesitas, y eliges a quién amar dependiendo de tu gusto, tu apetito, tu carencia. Amar es algo que, al contrario de lo que dice la canción, cualquiera puede hacer siempre y cuando decida ignorar o eliminar el miedo y entregarse, abandonarse.

Pero, ¿a quién te abandonas? ¿a la otra persona? ¿o al futuro, al giro que puedan tomar las cosas? Sí, por supuesto que te abandonas a la otra persona y a lo que dicte su voluntad -hasta cierto límite, de preferencia-. De modo que, de alguna extraña manera, al amar te desprendes de ti mismo y te pones en las manos de alguien más, y sin embargo lo haces porque lo necesitas y quieres creerlo. Probablemente el odio al que se refiere el dicho, es decir, el odio que ocurre como conclusión del amor, también es un acto en el que nos abandonamos al ser odiado y seguimos sus pasos en la mente no sólo porque necesitamos satisfacer nuestra sed de revancha o calmar el rencor, sino por hacer algún tipo de homenaje al ser odiado y vencer a eso que nos sacude: ¿miedo? ¿dependencia? ¿resignación? 

La burbuja rosa

Cuando amas de esa forma ciega y total, creas una capa protectora encima de tu ser amado, una burbuja de un rosa traslúcido que convierte cualquier actitud, reacción o comentario en un lindo momento. Por eso, cuando estás ahí, no notas si tu persona amada tiene pésimo gusto musical, o si ese interés que demuestra en tu trabajo es real, o si está llena de prejuicios, complejos o supersticiones absurdas. Cualquier comentario negativo acerca de este ser amado se desintegra al entrar en contacto con la burbuja mágica y esto les permite habitarla durante el tiempo que sus voluntades puedan mantenerla viva.

Cuando, sin embargo, pasas al odio ciego, al límite del rencor almacenado, no es que la burbuja haya explotado. Muy por el contrario, sigue existiendo, pero ahora es completamente negra, y aún las cosas buenas que logran pasar por el campo de fuerza se convierten en negativas. Ahora es cuando empiezas a odiar los programas que ella miraba en la tele, los paisajes que le parecían hermosos y hasta los autos que son del mismo modelo que el suyo.

¿Qué habrá ocurrido? ¿Se desintegró una burbuja y se creó la otra? ¿O será más bien que el amor arrebatado es un ente que, cuando sufre una decepción o un daño suficientemente grande, se envenena como si fuera un garrafón de agua pura al que se le inyectara petróleo? ¿Será entonces que al amor no se le mata sino se le pervierte?

El estado alterado

Amar es un estado alterado de la conciencia. El odio también. El primero se compone casi completamente de sentimientos bellos y puros; el segundo de pensamientos negros y agresivos. Pero, si el amor y el odio son tan parecidos, ¿será posible que haya algún grado de belleza en estos sentimientos negativos? Se me ocurre que quien odia está, de alguna manera, enamorado de odiar y se aferra a ello como en su momento se aferró a su amor. Lo único que le produce una sensación similar a aquél amor es seguir guardando esa colección de pequeños trozos de ira para juntarlos y encontrarle significado a lo que antes era inmaculado y perfecto.

Quizás esta es la explicación por la cual, muy a menudo, quien amaba y se siente traicionado decide no dejarlo por la paz y decir “OK, yo perdí”, o “Bueno, todos perdimos” o incluso un “El mundo fue quien perdió cuando murió este amor”, sino que sigue insistiendo, puesto que ya es adicto al rush de sentir algo profundo por alguien y encontrar a través de ello un objetivo y una razón.

Final ligero

Me leo y me doy cuenta de que estoy incurriendo en falta: o simplifico de más o caricaturizo ambos sentimientos. Yo me he encontrado en situaciones similares, y he sido quien amó con pasión desenfrenada para luego, de un plumazo, pasar al odio exacerbado. También he amado con moderación para luego ver el sentimiento diluírse y morir en el olvido, e incluso he recorrido el camino amor-odio-amor-desesperación-indiferencia-amor-etc. He sido víctima y victimario, criminal y sacrificado, alumno y maestro. Me he declarado en guerra después de amar tan sólo una semana, y me he esfumado cobardemente después de derramar mi amor en cartas de varias páginas.

Sin embargo, creo que las conclusiones e ideas que han sido exageradas aquí sí tienen un equivalente en la vida real y ocurren en los casos más gloriosos y en los más mundanos. Creo que quien decide odiar a quien amó lo hace porque quiere continuar la relación, porque no se resigna a perder aquéllo que le hizo tan feliz. Si, además, decide buscar una venganza, quizás no es porque el alma se le haya envenenado sino porque necesita sentir que la otra persona sufre un daño equiparable al suyo. Pero de este tema escribiré en otro post…