Repartir después del divorcio

Además de información legal sobre convenios de divorcio “normales” y respuestas a dudas básicas sobre el divorcio (qué pasa si me casé en el Edomex, si me casé por separación de bienes, etc), hace mucha falta una “guía de la decencia” que explique que:

más allá del tema de si las mujeres ganan menos que los hombres por culpa del sexismo o el patriarcado, a las mujeres que son madres además de las muchas tareas que suelen tocarles en el hogar les tocan otras cargas biológicas: los meses antes y después del parto pueden tener menor nivel de energía, interrumpir hasta en un 80% sus tareas del trabajo y luego regresar a trabajar, cuando eso ocurre.

Las teorías psicológicas que dicen que es importante que los bebés estén pegados a la mamá los primeros uno, dos años, porque todavía no tienen conciencia de estar separados de su madre. Durante ese tiempo y conforme el niño va creando su identidad, la mamá juega el papel más importante. El papá es básicamente un facilitador, y en la medida en que permita que se dé la relación suficientemente intensa entre madre e hijo durante los primeros años, se desarrollarán mejor sus hijos. Conforme pasan los años los papás se vuelven un modelo de comportamiento, una figura masculina, etc, pero al principio su papel principal es permitir la relación hijo-madre.

El tiempo que las mujeres invierten en esta crianza temprana de los hijos (y también la posterior) funciona en su contra en cuanto al desarrollo profesional. Quizá a algunas mujeres no les importa gran cosa, incluso es lo esperado en algunos niveles de la sociedad. Mientras el binomio esposa-esposo exista y se unan siempre fuerzas para que la mujer también pueda desarrollarse profesionalmente apoyada por su pareja y pueda dedicar suficiente tiempo a los hijos, se producirá bienestar en la familia y también mejores humanos, porque no es lo mismo que te contenga y quiera tu mamá a que lo haga una educadora en una guardería. La mamá es siempre la mamá y no hay sustituto cabal.

Sin embargo, si el lazo matrominioal se deshace porque cualquiera o ambos deciden ya no estar juntos, se produce una desigualdad automática. El hombre nunca tuvo una interrupción real de su desarrollo profesional y la mujer sí. Ella tuvo menos proyectos a largo plazo, se capacitó menos, ganó menos, desarrolló menos su potencial, y eso produce una desigualdad que es independiente de quién decidió separarse o incluso qué es lo justo legal o moralmente. Lo justo es que el que tiene las riendas de lo económico, si es el hombre, sepa que la mujer se va a quedar en una posición de desequilibrio y desigualdad con respecto a él. Esto, repito, no ocurre siempre pero sí es lo más común, y ahí es donde entra esto de la decencia.

Los hombres generalmente deciden que porque la señora fue la que quiso separarse o porque “ya es hora de que sea productiva” o porque no tiene por qué o por lo que me digas, no solamente la dañan a ella al limitarla o amarrarla económicamente, sino también dañan la relación que ella puede tener con los hijos, y también a los hijos, porque tienen entonces una madre que está más ocupada, más angustiada, con menos tiempo, y esto por supuesto produce estrés e infelicidad en ellos. Esto también le rebota al padre, porque uno siempre quisiera creer que un padre está interesado en que sus hijos estén lo mejor posible, que sufran lo menos posible las consecuencias del divorcio, y que en la medida en que ellos pongan la parte financiera y económica, además del modelado, fortaleza, amor y otras cosas propias de los padres, ayudarán a que sus hijos se desarrollen mejor. Así como la madre pone, adicionalmente a su trabajo y quizás su parte económica también la contención, seguridad y cariño, el padre tiene que poner el soporte para que los hijos se desarrollen de la mejor manera.

Esta es la clave, me parece, de un protocolo básico de decencia en la que los hombres tienen que saber que las propiedades y bienes que se hayan adquirido, construido o creado son de los dos, aunque ellos hayan puesto el 100% del trabajo y el capital, porque la otra parte, la no remunerada que ejerció la madre cuidando a los hijos y la casa, siempre tiene también un valor y para simplificar, la ley dice que ese esfuerzo vale el 50% del total.

Cada caso es distinto pero debe haber una garantía o acuerdo moral básico de decencia donde el hombre sepa que le toca seguir manteniendo a los hijos, seguir manteniendo el hogar que fue el conyugal para darle un mejor lugar a todos, incluso a la persona que procreó con él a sus hijos, y que incluso si esa persona hizo algo malvado y terrible (y siempre hay matices, no estamos hablando de asesinas seriales), en esos caso vale la pena que el hombre se dé cuenta de que es responsable durante todo el tiempo que los hijos sean dependientes de él. Puede ser hasta los 18 años cuando sean adultos, cuando tengan 21, o hasta los 24 cuando terminen la carrera, no sé, eso se decide. Pero de los 0 a los 18 definitivamente el hombre debe saber que el papel le corresponde y que si quiere ser un buen padre tiene que cumplir con eso e incluso ser un buen ex-esposo.

Para ser un buen padre, hay que ser un buen ex-esposo.

¡Cómo se equivoca Waze!


Waze parece sacado de cuentos de ciencia ficción: no sólo encuentra la ruta para llegar en auto a tu destino sino que decide cuál es la mejor basada en el tráfico y la va modificando conforme avanzas; avisa cuando hay manifestaciones, policía o detectores de velocidad; permite visitar ciudades o colonias desconocidas sin miedo a perderse -¡aunque no a ser asaltado!-; lee tu agenda de citas y te avisa que a qué hora debes salir para llegar a tiempo; notifica a tus socios o amigos sobre tu hora estimada de llegada; incluso te conecta con otros conductores para agradecerles por avisar de baches, accidentes o socavones.

Dos cosas que quizá no sabes sobre Waze: la primera, que es la cristalización del trabajo en equipo y que con sólo abrirlo estás ayudando a que otros sepan el estado del tráfico justo donde estás; la segunda, que para bien o para mal el dueño de Waze es Google.

¡Pero se equivoca! dicen todos. Es la queja común reivindicadora de la inteligencia humana, la memoria de los taxistas y la intuición de los veteranos del tráfico en la ciudad: noooo, yo no uso Waze, me hace unas rutas rarísimas, me lleva por caminos absurdos, me hace perder el tiempo. Y sí: Waze se equivoca. A veces, no en pequeño. En condiciones de mucho tráfico el tiempo estimado de llegada, tan misterioso, se va acumulando y acumulando y termina pareciendo una burla. No se “entera” de maratones y mega-marchas y te lleva por calles que acaban de ser cerradas minutos antes. A veces, por hacerte ganar unos segundos, te hace tomar una calle paralela para después regresar a ella. ¿Por qué? Definitivamente no para hacer que los Guerreros del Camino confirmen que ninguna máquina sabe más que ellos.

Sin embargo, es entendible que Waze se equivoque y ahora veremos por qué y bajo qué condiciones.

¿Cómo funciona Waze? Ya dije antes que funciona “en equipo”. Se inventó en 2006 en Israel, fue diseñado desde el principio para alimentarse de la información que los conductores pasivamente le compartirían. Por lo tanto no hace falta que reportes accidentes o desviaciones: con avanzar, detenerte en los semáforos, tomar atajos secretos a tu oficina, acelerar cuando la calle se abre y subir el volumen de la radio cuando pone una buena canción, estás enviando información a Waze y otros la aprovecharán cuando éste elija rutas para ellos.

Por cierto, esa última parte sobre el volumen de la radio no es cierta, la puse sólo para ver si te estabas fijando.

En tiempo real, la “central” de Waze -eso que los tecnólogos llaman “el servidor”- recibe desde el Waze que corre en tu smartphone tu latitud, longitud y velocidad; calcula en qué dirección conduces, compara tus datos con los de otros autos que estén cerca, anota si hay muchos autos en esa misma calle para estimar si hay tráfico fuera de lo normal, piensa si la ruta que te diseñó seguirá siendo la mejor, se fija en si vas por encima del límite de velocidad, deja pasar medio milisegundo para volver a recibir tu latitud, longitud y velocidad, calcula si sigues por la misma ruta y si no te calcula una nueva, compara tus datos con los de otros, etc.

Es muchísima información. Como siempre, algo tan útil tiene derivaciones perversas: Waze -y por lo tanto Google- puede llevar cuenta de qué rutas tomas, a qué hora, si pasas cerca de empresas que le compraron publicidad, si pones música -¡esto sí es cierto! Tiene conexión con Spotify-, si tu viaje actual es típico o fuera de la norma, dónde sueles estacionarte, etc. Puede aprovechar esta información para decirle a un candidato cuáles son las rutas donde más gente verá su propaganda, estimar tu nivel económico basándose en dónde trabajas y vives, incluso para indicarle rutas no tan eficientes a todos sus usuarios si una autoridad decidiera que necesita “limpiar” una zona de tráfico. El presente es así: hay muchos servicios gratuitos y maravillosos, pero si el producto es gratis, entonces el producto eres tú.

En zonas rurales, Waze también sirve. Si tomas un camino de terracería o si conduces por una calle por la que nadie había pasado utilizando Waze, ayudas a crear un mapa del lugar. Si la gente conoce el lugar en donde vive, tiene más posibilidades de ser feliz.

Muy bien. Entonces, ¿por qué se equivoca tanto? No sé si has notado que esto ocurre en zonas prácticamente desiertas, o a la inversa, en condiciones de tráfico creciente. Waze calcula el tiempo estimado del viaje aprovechando lo que sabe del tráfico en ese preciso instante. No sabe el futuro, y no puede predecir si en determinada calle va a aumentar la afluencia de autos cuando pases por ahí, en media hora. En ciudades tan grandes como la Ciudad de México, donde un viaje de 15 a 25 minutos se considera brevísimo, puede haber una gran diferencia entre el tiempo estimado y el tiempo real. Los servidores de Waze intentan predecir el futuro basándose en las experiencias pasadas (qué lindo, ¿no? Todos hacemos lo mismo) pero no son adivinos.

Otra cosa que hace Waze es diseñarte rutas complicadísimas para ganar un par de minutos. También sugiere rutas que pasan por colonias peligrosas o inaccesibles. No hay un indicador “Waze, no me lleves por zonas delictivas”, porque se negaría a funcionar en la CDMX. Hay que entender que los algoritmos -esas personificaciones de las fórmulas que tanto odiabas en la escuela- no saben de estética y sólo saben buscar caminos y elegir el que resulte con el menor tiempo o distancia. Hay una configuración para que intente el menor número de giros, esperando con eso evitar el problema de las rutas laberínticas para ganar un minuto.

Una forma de resolver esto es sí, aprovechar que el adulto eres tú y tomarte un segundo para inspeccionar las rutas propuestas por Waze. A veces la diferencia en tiempo es mínima, a veces una te llevaría por una zona mucho más agradable, a veces ya sabes que el maratón va a ocasionar que en media hora más cierren cierta calle y mejor la evitas.

A veces tanta gente utiliza Waze a la vez que es contraproducente y se saturan los servidores. Cuando esto ocurre, Waze no puede diseñar rutas, te lleva por zonas de tráfico o sus estimados de tiempo son irreales. Aquí es una ventaja que Google conduzca las operaciones de Waze: podemos estar seguros de que tarde que temprano se resolverán los temas de escalamiento y exceso de usuarios en horas pico.

Otros servicios de mapas y navegación basados en tráfico utilizan métodos similares, pero ninguno es tan popular en México como Waze. Es un caso más de “el fuerte se hace más fuerte”: mientras más gente lo utilice, mejores serán sus datos y menor será su competencia. Gana la navegación y el tráfico, pierde la libre empresa. Por cierto, el uso de datos es pequeño comparativamente: ver un video en YouTube es cien veces más gastador.

Espero haberte convencido y ayudado a entender por qué este servicio sacado directamente de novelas de Julio Verne, gratuito y accesible en cualquier smartphone, se #@$%&# equivoca tan a menudo.

Ahora, ¿cómo hace Waze para indicarte las rutas utilizando los nombres de los letreros viales? Eso no lo sé.

Los tramposos del maratón

¿Quién no ha mentido sobre las razones para llegar tarde a una junta, por evadir una plática ha dicho que tenía que marcharse, o afirmó no haber hecho algo por salir de un problema? Mentir es, dice el diccionario, conocer la verdad y modificarla porque así nos conviene. No es lo mismo que argumentar algo falso que se cree verdadero. Tampoco es lo mismo que hacer trampa, porque la trampa es premeditada y la mentira impulsiva. La trampa tiene intención gandalla, la mentira es autoprotección.

El tramposo nos ofende porque nos venció. Quebró la confianza, el acuerdo, el “constructo” (chiste personal). Aunque no haya sido el ganador, sacó provecho porque mintió. Quizá incluso actuó con premeditación, alevosía y ventaja, que se sabe son lo contrario de la improvisación, candidez y esfuerzo (tan bellos conceptos).

Al Maratón de la Ciudad de México (2017) se inscribieron más de 40,000 corredores y lo terminaron sólo 27,000. Los demás en su gran mayoría, afortunadamente, no es que sufrieran de infartos, desgarres o desesperanza. Lo que pasó es que voluntariamente lo corrieron incompleto. Así es: se inscribieron al maratón con antelación (los lugares se agotaron hace tiempo), pagaron su cuota, recogieron número, chip y playera días antes del evento, y acudieron a la cita con el maratón sabiendo que no lo correrían completo. No tenían un “plan de carrera”, más bien una estrategia de evasión.

¡Tramposos! les gritan, lastimados, los que se consideran corredores de verdad. En estos tiempos modernos, el hecho de que los resultados sean públicos y la omnipresencia de las redes sociales han hecho las trampas mucho más difíciles de quedar sin castigo. Hay estoicos héroes de la verdad que dedican horas a buscar fotos de gente presumiendo logros y medallas, cuadrando contra tiempos oficiales, y exponiendo a los torpes estafadores que subieron imágenes con todo y número de corredor.

Las reacciones son muy desproporcionadas, a mi parecer. Se crean foros para exponer tramposos que se vuelven plazas para el linchamiento. Se suben fotos, pruebas, nombres. De especial disfrute para los probos corredores es etiquetar directamente al tramposo/a para dirigirle insultos, encontrar entre sus fotos evidencias de trampas anteriores y exhibirlos con sus conocidos. En sus mentes, es el castigo que merecen.

Estos tramposos, es cierto, pueden ser patéticos. Suben fotos a sus redes desde la meta presumiento la medalla, escriben mini-reseñas de la carrera (“estuvo durísimo, pensé que no la terminaba, pero gracias a sus ánimos logré esforzarme y terminar”) y ni siquiera se fijan en que en sus fotos todos los que salen a su alrededor tienen la cara desencajada, el cuerpo bañado en sudor y apenas se pueden sostener, mientras que ellos sonríen y bajo una seca playera levantan los secos brazos. Roberto Madrazo, santo patrono del tramposo corta-ruta, famosamente quedó retratado llegando feliz a la meta en chamarra, después de teóricamente haber corrido 42 kilómetros. Se cuenta que eso fue lo que alertó a los jueces, que sólo entonces procedieron a revisar los tiempos parciales.

Pero a ver: tu esfuerzo no es su esfuerzo. Si corriste los 42 km fue porque quisiste y no por cumplir con las leyes. Si entrenaste durante meses fue para llegar bien preparado, estar sano y fuerte, incluso socializar o tener un espacio para ti mismo. Ese atajo que tomó el tramposo no lastima a nadie y el beneficio es sólo para el que logró engañar, si lo logró. Yo corrí este maratón y no sentí que los “tramposos” entorpecieran el recorrido. Vi corredores esperando en el km 10, en el 21, en el 32. Todos parecían esperar amigos que sí estaban corriendo el maratón completo, y estorbaron mucho menos que la gente que echaba porras, que en su entusiasmo creaba un pasillo muy angosto. No le “quitaron” agua a nadie porque pagaron por ella, por los servicios y por los gastos generales. Claro, sí impidieron que algún buen corredor se inscribiera; siendo honestos, la mayoría decide correr un maratón al menos seis meses antes de su inicio.

Cada corredor del maratón recibe una medalla en la meta. Si llegas hasta ahí y tienes un número colgado en la ropa, los voluntarios te dan tu medalla, sin saber -¡ni importarles!- si viajaste en limusina desde la salida o si eres un corredor íntegro y cabal. No cuestionan la sequedad de tu ropa, nada más sonríen y te dicen “felicidades”. Para quien corrió completa la carrera, es un momento de satisfacción que llena de orgullo y sentimiento de haber logrado algo importante. Esa es la gran pérdida para el que sólo corrió los últimos 2 km. Si alguna vez te premiaron por un dibujo escolar que en realidad hizo tu compañero de banca, conoces la sensación. Opinar que alguien no merece colgarse una medalla habla más del juez que del presunto culpable: habrá quien se lesionó dos días antes de la carrera, quien pensó que correr dos días a la semana era suficiente entrenamiento, incluso quien sea motivado a correr el siguiente año sólo por sacarse de encima la sensación de ser un impostor.

Claro que queremos que el #MaratónCDMX sea un gran evento mundial, con corredores de primer nivel. Queremos que sea una fiesta anual, como pasa con el de Nueva York. Los organizadores del maratón deberían descalificar y vetar por lo menos un año a quien desparezca de los registros en el km 5 y reaparezca teletransportado en el 35. Exponer a la gente que maliciosamente compra lugares y finge haber corrido es buena idea para evitar que siga ocurriendo. Si se descubriera que el ganador del 3er lugar general cortó camino, sería algo muy serio que debería atacarse. Pero dejemos el síndrome de Sólo Pasa En México: esto ocurre en el maratón de Chicago, Washington, Madrid, Boston, Filadelfia

Sí, correr maratones tiene que ver con la integridad. Sí, no deberíamos darle medallas a quien no las merece. Pero parecería que emplear horas en desenmascarar o insultar a tramposos inofensivos es más bien un pretexto para dar rienda suelta a esos salvajes instintos que podrían haberse calmado corriendo un Maratón.

Inconsecuente

Una mini-pickup a cinco metros, una curva en una calle empedrada, yo a pie pensando que me darían el paso sin dudar. No hubo frenado de duda, no hubo mirada de “hasta crees”. Con el coche a unos centímetros pude entender, por las abolladuras de la camioneta y la cara del conductor, que aludir a la decencia habría sido inútil.

Se piensa que es de gente “fina” dar el paso. ¿Sí sabes? Dar el paso a los peatones, nunca olvidar la bolsa de las heces al pasear al perro, levantar el meñique cuando bebes vino. “Mi” conductor tenía cero cualidades de estas, y al verlo de cerca me saltaron detalles que no había pensado evaluar. El fenotipo, la extracción social y la apariencia me aparecieron como un botón, y automáticamente detuve el paso.

Quizá ni me vio. O quizá sí y en 0.05 segundos le resulté odioso. O quizá en su colonia no se le da el paso a nadie, porque todos corren cuando caminan. Puede ser que incluso se sorprendiera de que yo caminara tan despacio. Afortunadamente puedo contar que nunca lo sabré. Fue un incidente sin consecuencia, una anécdota sólo contada por culpa de la vocación de indagar. Pero no un evento sin enseñanza, al menos dos: primero, que las discriminaciones odiosas basadas en elementos sociales o raciales son un resabio del instinto de supervivencia. Segundo, que todos somos el idiota de alguien más, y con una perfecta excusa para serlo.

Corregidora

Para Mónica

Cualquier edad es buena para sentirse vieja, y los 27 no son una excepción. Pero estar terriblemente cansada a las ocho de la noche, después de un día básicamente estático, es ridículo. Mucho más si eres una ex-deportista de alto rendimiento. Infantil, sí, de equitación, sí, pero también vale. Debería ser más descansado sentarse la mitad del día en una silla acojinada que en una de piel, sin respaldo y con las piernas abiertas. Pero no recuerdo en esos tiempos haber llegado tan cansada a casa ni que mi cuerpo buscara apoyo continuamente. Una pared, una mesa, cualquier cosa ayuda ahora a sostenerme.

Pero no es el cuerpo, es la mente. Se me empieza poco a poco a cansar más. Ya no aguanta como antes. Sueño con palabras, con párrafos enteros que hay que eliminar, frases que reordenar, descripciones que habría que dinamitar. No entiendo cómo esta gente cree que se crea. Es decir, tener la semilla de la idea y la inspiración y la madre, lo sé, eso lo que se reconoce. Nadie le paga regalías al que hizo los arreglos, ni al que cantó o al que tocó los instrumentos. La recompensa -económica- es para el que escribió la canción, aunque no le haya puesto sonidos ni ritmo ni haya transmitido pasión ni haya ensayado mil veces ni se haya aburrido mil y una. Entiendo y no voy a pretender que el sistema debería cambiar. Al menos, ese sistema.
Pero no manchen. Hacen ver difícil lo fácil, con tanta vuelta que le dan. ¿Quizá las vueltas son para encontrar la inspiración? No, no es eso. A veces rodean pero también a veces van directamente al punto. Tanto, que olvidan poner comas, puntos, puntos y comas (que hasta ahora no han hecho su aparición espontánea en ninguno de los textos que he revisado, nunca, ever). También olvidan acentos, e incluso, dándoles el beneficio de la duda, las reglas de construcción de frases coherentes. No escriben, escupen. A veces después de una primera leída siento que mi pantalla está salpicada de saliva.
Tengo que imprimir los textos para editarlos, al menos así se ve bonita la página. Esto es, si los rayones, taches, anotaciones al calce, flechas y líneas te parecen bonitos (hay que saber verlos). Sería poético y quizá hasta más efectivo si se pudieran publicar esas hojas sucias pero hermosas, en vez de los limpios e inevitablemente insípidos textos corregidos. Porque me lo han repetido hasta el cansancio, “tu trabajo no es definir el estilo”, y por lo visto tampoco sugerir cambios de estructura, mucho menos de tema. Se me ocurren miles de ideas que servirían para aligerar, desenredar, aclarar, y nada: No Es Tu Trabajo etc. Y de verdad: yo ni siquiera querría el crédito ni andaría por ahí ufanándome de haber transformado un bodrio en algo bueno. Lo haría sólo por quitarme esa maldita comezón que me da en la nuca, esa que también me da en la noche, justo antes de dormir, y cuando alguien que me gusta se me queda viendo.

Una vez sí le dije a alguien. Cada semana llegaban sus textos, siempre desconectados, tan llenos de comas como ausentes de puntos. Una sola idea se repetía varias veces y luego, sin avisar, un salto hacia la nada; un párrafo o dos con el nuevo tema, y paf, otro salto cuántico. Después de diez, quince textos así, sugerí quitar, intercambiar, rehacer: lo de siempre. Pero agregué un par de sugerencias sobre cómo terminar el artículo y caminos diferentes que podría tomar, y uyuyuy, se armó. Se indignó en un correo -¡lleno de comas!- en el que nada más le faltó copiar a Villoro. Ahora que lo pienso, lástima que no lo hizo.
Ya sé qué me van a decir. ¿Y tú cuándo vas a escribir algo? Bueno, ni sabían que nunca escribo cosas propias. Que lo intento pero todo me parece poco. Que me da coraje porque saber reglas de gramática, ortografía y escritura no sirve tanto como te hacen creer en los talleres. Dejo el alma editando y de paso voy envidiando la imaginación mal plasmada y la creatividad torpe y virginal. William Ralph Inge dijo que la originalidad es el plagio aún no detectado, pero de todos modos -y esto lo digo yo- hay que robar originalmente. Quizá es porque no he encontrado a mis abuelos (culturales), quizá porque aún estoy por encontrar “mi pasión”, o quizá porque algunos diamantes existen sólo para poder pulir a otros. Sí, eso suena bien. Aunque mi desprecio sería inmediato para el autor a quien le corrigiera un texto con esa frase.

Ya me puse triste, mejor me sigo con la editada. Oh wow, ya necesitaba esto. “…que me explique porqué decidió llamar a…” etc. ¡Qué bárbara!

Rutinas

El consultorio de mi psicólogo está a dos edificios de unas oficinas de Bancomer donde trabajé hace tiempo. Fueron de los mejores años de mi vida pero a la vez me ponía de malas estar ahí. El edificio y todo lo que significaba eran lo que me ponían mal: llegar, ir a comer de traje y corbata, salir de noche. Inicié soltero, subí en la escala socioeconómica, me casé fulminantemente, encontré un trabajo donde me pagarían mejor y aunque no tenía las prestaciones ni el “potencial de crecimiento”, lo tomé. De niño siempre quise tener una vida feliz, una casa y perros, y el primer paso para lograrlo era tener una vida. Tres años después todo me llevó a empezar como freelance y aunque pasó un tiempo para que me estabilizara, la rutina cambió casi de inmediato.

Tener tiempo para uno implica un grado de disciplina, pero también tres de consciencia, ocho de necesidad y veinticinco de empeño. Mis treintas los pasé trabajando 18 horas diarias distribuidas caóticamente durante el día, de modo que siempre pude tomarme la tarde, tomar un café con una amiga a las 11:00 AM o decidir de último momento ir al cine pero dormía casi siempre a las tres de la mañana, me atrasaba en casi todos los proyectos que tenía y estaba preocupado permanentemente por cómo obtendría el dinero para pagar la vida del mes siguiente, y el siguiente, y el siguiente.

Las cosas han mejorado pero la vida sigue así, diseñada por mí para no tener que llegar todos los días a un mismo lugar a una misma hora. Tener 10 jefes, sí. Días de recorridos por toda la ciudad, sí. Que un día sea la repetición del anterior, nunca.

Lo que envuelve al trabajo también envuelve a la vida. Los espacios vacíos de trabajo se llenan de libre albedrío y de decisiones para tomar en el momento. En particular en mi vida no hay repeticiones, sólo ciclos de dos semanas porque desde el divorcio así están acordados los días en que estoy con mis hijos. Ellos sí tienen días, horarios y calendarios, y quizá ver a su papá improvisarlo todo les hace un poco bien y un poco mal. La paternidad es una Hydra distinta a la de Hércules porque con esta cada que crees que ya te hiciste amigo de una cabeza, sale otra con cara neutra y posibilidad de amenaza.

Pasar mucho tiempo solo le hace cosas a tu mente, dirían los ancianos del pueblo. No hay playlist ni libro que puedan aguantarse más de tres o cuatro horas en un mismo día cuando el reto parece ser encontrar los límites de la voluntad o del aburrimiento, lo que ocurra primero. Es el compromiso, a falta de un verdadero compromiso.

La agenda que se configura a diario y de botepronto es muy retadora y hasta parecería digna de imitación, pero hay un equilibrio entre estructura y desorden, y todo trapecista sabe que tiene que continuar porque no puede quedarse en el mismo punto de la cuerda por mucho tiempo. La mente no se detiene, ¿eso significa avanzar?

Estrategias para hacer

Resolver un laberinto es una tarea reveladora. El objetivo es encontrar la meta, y para eso empezamos desde la salida. Pero un buen laberinto es complicado y lleno de pequeñas trampas. Aquí el camino que parecía más claro se cierra más adelante, allá el camino secundario da unas vueltas indecibles para llegar a un paso de la meta, sólo para revelar que también está cerrado.

Resolver: con sólo cuatro líneas rectas, pasar por todos los puntos.
Resolver: con sólo cuatro líneas rectas, pasar por todos los puntos.
Se supone que las mejores estrategias consisten en pensar “fuera de la caja” (el origen del término viene de la solución para el problema de aquí a la izquierda): encontrar qué limitaciones del problema son auto-impuestas, saltarse las reglas, pensar de nuevo desde otra óptica, etc. Pero ser genial día a día, problema a problema, no es un propósito recomendable para nadie. Este hombre lo intentó y no creerás lo que le ocurrió después.

Una estrategia más alcanzable es empezar de atrás hacia adelante. Empezar desde el final del laberinto, hacer trampa y recorrer el camino al revés. Las salidas posibles siempre son múltiples, pero la ruta en sentido opuesto es más directa. ¿Necesitas decidir cuáles son las cinco mejores rolas de Vampire Weekend, eres juez de un reality show y todos te parecen ganadores, tu ropero tiene demasiada ropa? Elimina primero lo que va en último lugar ¿Quieres entender por qué tu novia actual te hace feliz pero infeliz, quieres salir a las 5:30 PM del trabajo y no sentirte culpable? De atrás hacia adelante. Por cierto, lo de la felicidad/infelicidad es ligeramente más complicado de resolver.

Cal Newport, profesor asistente en la Universidad de Georgetown y experto en hacer mil cosas simultáneamente, dice:

Calendariza. Hacerlo te confronta con la cantidad de cosas y el tiempo que realmente tienes para hacerlas. Ver la foto completa te ayuda además a hacer cosas productivas en tus horas libres.

Dice además que te fijes terminar el día a las 5:30 (PM, jojo) y vayas de atrás hacia adelante para planear todo. Que intentes draconianamente -linda palabra- rechazar tareas adicionales, gente, interrupciones.

Como extra, esto:

Así es más difícil procrastinar. No puedes decidir si trabajar o no en un periodo determinado, la decisión ya está tomada.

Oh. Procrastinar, esa dulce droga de nuestros tiempos. Le entro. Y ya me voy, porque estoy dieciocho segundos sobre el tiempo que tenía para escribir un artículo genial. Como todos los días.

“Algunas lecturas de 2014”

Amo cómo escribe @Lilian López Camberos. No tengo idea de cuántas veces habrá editado este post pero se lee como un flujo continuo de ideas, ordenadas conforme las va escribiendo, con precisión deliciosa de palabras e ideas.

Explica que el artículo lo escribió pensando en “consignar”, en antojar la lectura, en referir lo leído intentando encontrar sentido en la recomendación, sin que sea algo “horrible”, pretencioso. Misión cumplida.

Un recuento honesto y valioso de lecturas profundas, ligeras, nuevas, clásicas, etc. Como recibir un menú de degustación por e-mail. Sólo falta un botón de Download.

Miedos y no-miedos

Por alguna razón se me metió a la cabeza que tengo 12 miedos en la vida, que tenía que encontrar. Miedos básicos. Será alguna cosa cabalística. O griega.

Así que busqué y rebusqué. Miedos a:

  1. Ser débil
  2. Sufrir
  3. Ser mediocre. Ser equis.
  4. Envejecer.
  5. Hacer el ridículo.
  6. Nunca dejar de ser un niño.
  7. No ser suficiente.
  8. Soltarme creativamente.
  9. Quedarme solo.
  10. No ser querible.
  11. Ser insensible.
  12. Encontrar cosas terribles en mí.

Como bonus-miedo, tengo otro: las mujeres que se pintan demasiado. Parece que no pertenece al conjunto de todo lo anterior, pero de verdad me intimidan las mujeres que se pintan hasta cambiar el color de su piel, que se delinean las cejas donde no iban originalmente, que se ponen bilet con textura, brillo o color que las hace inbesables.

Definitivamente tengo no-miedo a:

  1. Ser tonto.
  2. Ser capaz de amar por “siempre”(1)
  3. Entender.
  4. Empatizar.
  5. Ser abandonado por alguien que me ama.
  6. Mostrar debilidades que no estén en la lista anterior.
  7. El futuro.
  8. El pasado.
  9. Ser mal padre.
  10. Ser mal amante.
  11. Ser juzgado.
  12. Pasar tiempo solo.

Encontré otros miedos como el de perder el tiempo, la falta de libido, no encajar, etc. No sé si son otras caras de las primeras 12 monedas. Y de todos modos no me gustaría arruinar ese número bonito. ¿Quién quiere tener 13 miedos básicos en la vida? Brrr.

(1). Suficiente tiempo como para que valga la pena.

Voz escrita

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En una entrevista a David Bowie, explicaba que al principio (los primeros 8, 10 años de su carrera) no se sentía cómodo escribiendo canciones para sí mismo. Le resultaba extraño escribir pensando en que después cantaría esas canciones, las representaría en escenarios. No encontraba su “tono”. Y sin embargo para otros sí podía hacerlo, con bastante éxito. De modo que decidió crear un personaje al cual escribirle canciones, inventarle historias, uno con el que pudiera experimentar sin miedos (al ridículo, a ser demasiado plano, qué sé yo. Esa pregunta no se le ocurrió al entrevistador).

Y así, creó a Ziggy Stardust, viajero del espacio aterrizado en la Tierra, que podía permitirse las excentricidades que Bowie jamás había. En los videos de esa época se ve cómo cuando lo maquillan entra con facilidad alarmante en el personaje, se siente cómodo dentro de la piel del que existía porque él no sabía aún ser él.

 

(Ziggy Stardust catapultó la carrera de David Bowie. Antes había tenido un éxito muy limitado, y quizá por eso después, de pronto, decidió terminar con el grupo, el proyecto y el personaje, al final de una gira)

Y así me pasa. Congelamiento del cerebro cuando quiero escribir sobre algo que me interesa. Mala elección de temas. Sensación de tener que cumplir con una expectativa. Incluso, el no haber plantado el árbol cuando tendría que haberlo hecho, en vez de hasta ahora.

 

En su autobiografía, Wil Wheaton (el niño-actor que hacía de Wesley Crusher en el Star Trek original y que después de eso jamás ha vuelto a aterrizar en un papel de importancia) dice que después de haber dejado voluntariamente la serie por miedo a encasillarse, dos espectros le rondaban todo el tiempo: uno al que llama Pruébale a Todos Que Dejar Star Trek No Fue Un Error (Pruébale a Todos, de cariño) y Auto Duda. Ambos le hablaban todo el tiempo, al grado de no poder escuchar su propios pensamientos. Abrió un blog, pensando que le ayudaría a recuperar relevancia, y dejó que sus demonios le dictaran el contenido. Intentaba “demasiado fuerte”, por traducir literalmente la expresión famosa. Lo importante era mostrar el tamaño de la no-importancia que le daba a su situación: las frustrantes audiciones, las llamadas que no llegaban, los sueños cancelados. Después de varios eventos desesperanzadores, decidió que ese espacio podía usarlo también para descargar molestias y preocupaciones personales. Y funcionó. No sólo escribía más suelto sino también mejor, más fluido y auténtico. La audiencia del blog aumentó. A decir verdad, no llegaron nuevos papeles ni le llamaron para rogarle que aceptara tal o cual patrocinio, pero sí aparecieron oportunidades nuevas: grupos de comedia, roles de guionista (actualmente escribe para The Big Bang Theory. Sí, ya sé).

Entonces esto es. Hay una voz escrita ideal que no es más que la fantasía de la combinación de mis mejores características (reales e inventadas, faltaba más) y la ausencia de todas mis fallas (más bien, a las que les di backspace al releer). Y me informan que esa voz se encuentra sólo practicando, lo cual tiene una lógica ineludible. Aunque habría esperado que fuera tan pura y virginal que saliera flotando como Venus en el cuadro de Botticelli, tomar el camino largo es igual de válido cuando no importa la hora de llegada.

Galería de exhibiciones

Todas, en una toma, en un arranque: igual que la decisión de subirlas. Se espera la comprensión y disfrute del lector. Con audífonos se escuchan mejor los instrumentos 🙂

 Los Secretos – A tu lado. En una toma rápida, con música en MIDI. Hermosa letra.
 U2 – All I want is you. “You say you want (…) your story to remain untold / your love not to grow cold”
  Burt Bacharach – Raindrops keep falling on my head. La música, la melodía del final. “I’m never gonna stop the rain by complaining”
 George Michael – One more try. Canción de desamor con esperanza final.
 Queen – Somebody to love. Sólo cantar si es por gusto (y los miles de “find me” del final no me los sé, evidentemente).

 

La mancha

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El día que nací mi padre corrió ansioso a los cuneros del hospital para conocer a su primogénito. Preguntó cuál de los bebés era. “Ese” y le señalaron a un bebé que se veía completamente sano y normal salvo por una mancha enorme, ligeramente irregular, alrededor de un ojo. La mancha abarcaba la ceja completa, la parte interna de la nariz y llegaba hasta el nacimiento del pómulo. ¡Oh decepción! En el pueblo de mi papá -Tlacolula, Oax- él conoció en su infancia a varios niños que tenían manchas similares, algunas incluso con folículos. Es decir, lunares con pelos.

La mancha tenía todo el aspecto de uno de esos lunares que mi papá conoció de niño: imposibles de remover, imposibles de ignorar. El lunar gigante, que ya perdí el rastro de en qué ojo estaba pero que por motivos prácticos diremos que estaba en el izquierdo, todavía no tenía pelos pero anunciaba catástrofe: todos los niños se burlarán, pensaba mi papá. Jamás le va a gustar a ninguna mujer, va a ser algo con lo que cargará el resto de su vida. Ni modo, se dijo. Yo lo voy a cuidar, lo voy a criar para que sea súper inteligente, para que sea bueno en los deportes, y que así pueda superar este defecto horrible. Qué mal, qué lástima que no tuve un hijo normal. Pero no importa, yo lo voy a cuidar y querer con toda mi alma. Va a necesitar mucho, pero lo vamos a lograr juntos.

Mientras planeaba así mi futuro -nuestro futuro-, una enfermera se acercó con un trapo en la mano. Sin dudar, limpió en medio segundo mi ojo y la mancha desapareció. Era una mancha de aceite o algo similar. Terminó de limpiar, devolvió el alma al cuerpo de mi padre, y se marchó sin saber de la historia de lucha contra la adversidad que acababa de destruir.

– o –

Esta historia me la contó mi papá cuando yo tenía 14, 15 años. Yo no conocía, no tenía forma de conocer, ese evento que ocurrió a tan sólo unas horas de nacer. Sin embargo, supe que la mancha había estado ahí todo ese tiempo, en mi ojo izquierdo, creando oscuridad. Ahí sigue, incluso hoy. Ya no se puede ver fácilmente, pero la inspección detallada de cualquier foto mía la muestra, inequívoca, rodeando el globo ocular, abarcando un cuarto de cara, opacando la expresión, delatando la mirada. No salen pelos de esta mancha, porque crecen hacia dentro: es una mancha emocional.

Esta es la primer anécdota de mi vida, y el primer capítulo de mi autobiografía.