Voz escrita

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En una entrevista a David Bowie, explicaba que al principio (los primeros 8, 10 años de su carrera) no se sentía cómodo escribiendo canciones para sí mismo. Le resultaba extraño escribir pensando en que después cantaría esas canciones, las representaría en escenarios. No encontraba su “tono”. Y sin embargo para otros sí podía hacerlo, con bastante éxito. De modo que decidió crear un personaje al cual escribirle canciones, inventarle historias, uno con el que pudiera experimentar sin miedos (al ridículo, a ser demasiado plano, qué sé yo. Esa pregunta no se le ocurrió al entrevistador).

Y así, creó a Ziggy Stardust, viajero del espacio aterrizado en la Tierra, que podía permitirse las excentricidades que Bowie jamás había. En los videos de esa época se ve cómo cuando lo maquillan entra con facilidad alarmante en el personaje, se siente cómodo dentro de la piel del que existía porque él no sabía aún ser él.

 

(Ziggy Stardust catapultó la carrera de David Bowie. Antes había tenido un éxito muy limitado, y quizá por eso después, de pronto, decidió terminar con el grupo, el proyecto y el personaje, al final de una gira)

Y así me pasa. Congelamiento del cerebro cuando quiero escribir sobre algo que me interesa. Mala elección de temas. Sensación de tener que cumplir con una expectativa. Incluso, el no haber plantado el árbol cuando tendría que haberlo hecho, en vez de hasta ahora.

 

En su autobiografía, Wil Wheaton (el niño-actor que hacía de Wesley Crusher en el Star Trek original y que después de eso jamás ha vuelto a aterrizar en un papel de importancia) dice que después de haber dejado voluntariamente la serie por miedo a encasillarse, dos espectros le rondaban todo el tiempo: uno al que llama Pruébale a Todos Que Dejar Star Trek No Fue Un Error (Pruébale a Todos, de cariño) y Auto Duda. Ambos le hablaban todo el tiempo, al grado de no poder escuchar su propios pensamientos. Abrió un blog, pensando que le ayudaría a recuperar relevancia, y dejó que sus demonios le dictaran el contenido. Intentaba “demasiado fuerte”, por traducir literalmente la expresión famosa. Lo importante era mostrar el tamaño de la no-importancia que le daba a su situación: las frustrantes audiciones, las llamadas que no llegaban, los sueños cancelados. Después de varios eventos desesperanzadores, decidió que ese espacio podía usarlo también para descargar molestias y preocupaciones personales. Y funcionó. No sólo escribía más suelto sino también mejor, más fluido y auténtico. La audiencia del blog aumentó. A decir verdad, no llegaron nuevos papeles ni le llamaron para rogarle que aceptara tal o cual patrocinio, pero sí aparecieron oportunidades nuevas: grupos de comedia, roles de guionista (actualmente escribe para The Big Bang Theory. Sí, ya sé).

Entonces esto es. Hay una voz escrita ideal que no es más que la fantasía de la combinación de mis mejores características (reales e inventadas, faltaba más) y la ausencia de todas mis fallas (más bien, a las que les di backspace al releer). Y me informan que esa voz se encuentra sólo practicando, lo cual tiene una lógica ineludible. Aunque habría esperado que fuera tan pura y virginal que saliera flotando como Venus en el cuadro de Botticelli, tomar el camino largo es igual de válido cuando no importa la hora de llegada.

Galería de exhibiciones

Todas, en una toma, en un arranque: igual que la decisión de subirlas. Se espera la comprensión y disfrute del lector. Con audífonos se escuchan mejor los instrumentos 🙂

 Los Secretos – A tu lado. En una toma rápida, con música en MIDI. Hermosa letra.
 U2 – All I want is you. “You say you want (…) your story to remain untold / your love not to grow cold”
  Burt Bacharach – Raindrops keep falling on my head. La música, la melodía del final. “I’m never gonna stop the rain by complaining”
 George Michael – One more try. Canción de desamor con esperanza final.
 Queen – Somebody to love. Sólo cantar si es por gusto (y los miles de “find me” del final no me los sé, evidentemente).

 

La mancha

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El día que nací mi padre corrió ansioso a los cuneros del hospital para conocer a su primogénito. Preguntó cuál de los bebés era. “Ese” y le señalaron a un bebé que se veía completamente sano y normal salvo por una mancha enorme, ligeramente irregular, alrededor de un ojo. La mancha abarcaba la ceja completa, la parte interna de la nariz y llegaba hasta el nacimiento del pómulo. ¡Oh decepción! En el pueblo de mi papá -Tlacolula, Oax- él conoció en su infancia a varios niños que tenían manchas similares, algunas incluso con folículos. Es decir, lunares con pelos.

La mancha tenía todo el aspecto de uno de esos lunares que mi papá conoció de niño: imposibles de remover, imposibles de ignorar. El lunar gigante, que ya perdí el rastro de en qué ojo estaba pero que por motivos prácticos diremos que estaba en el izquierdo, todavía no tenía pelos pero anunciaba catástrofe: todos los niños se burlarán, pensaba mi papá. Jamás le va a gustar a ninguna mujer, va a ser algo con lo que cargará el resto de su vida. Ni modo, se dijo. Yo lo voy a cuidar, lo voy a criar para que sea súper inteligente, para que sea bueno en los deportes, y que así pueda superar este defecto horrible. Qué mal, qué lástima que no tuve un hijo normal. Pero no importa, yo lo voy a cuidar y querer con toda mi alma. Va a necesitar mucho, pero lo vamos a lograr juntos.

Mientras planeaba así mi futuro -nuestro futuro-, una enfermera se acercó con un trapo en la mano. Sin dudar, limpió en medio segundo mi ojo y la mancha desapareció. Era una mancha de aceite o algo similar. Terminó de limpiar, devolvió el alma al cuerpo de mi padre, y se marchó sin saber de la historia de lucha contra la adversidad que acababa de destruir.

– o –

Esta historia me la contó mi papá cuando yo tenía 14, 15 años. Yo no conocía, no tenía forma de conocer, ese evento que ocurrió a tan sólo unas horas de nacer. Sin embargo, supe que la mancha había estado ahí todo ese tiempo, en mi ojo izquierdo, creando oscuridad. Ahí sigue, incluso hoy. Ya no se puede ver fácilmente, pero la inspección detallada de cualquier foto mía la muestra, inequívoca, rodeando el globo ocular, abarcando un cuarto de cara, opacando la expresión, delatando la mirada. No salen pelos de esta mancha, porque crecen hacia dentro: es una mancha emocional.

Esta es la primer anécdota de mi vida, y el primer capítulo de mi autobiografía.

Desde la otra mitad

Todavía no estamos listos. Al menos dos generaciones han pasado desde el evento conocido como “liberación femenina” y aún hace falta que nos apunten qué se siente, con qué miedos viven todos los días, qué han tenido que hacer para darle la vuelta al status quo, a situaciones que no van a cambiar. No durante esta vida.

Hablo de los hombres, aquí. Como no-siempre-orgulloso miembro de este gremio, debo decir que todavía es común el sentimiento de que los hombres no podemos, no tenemos que apagar los instintos que nos llegan desde lo más profundo, y que han sido parte del círculo de la vida desde que el primate se volvió humano. Desde antes, de hecho.

Aún es necesario recordarnos que, para una mujer, salir guapa y arreglada a la calle tiene que haber sido medido contra la certeza de que será acosada con miradas, palabras y hasta algún contacto físico indeseable. Que caminar por una zona donde haya más de 10 hombres juntos es peligroso porque el “efecto anonimato” les da valor y amplifica sus naturalezas animales. Que trabajar, conversar, departir, compartir, comer, ayudar, pedir, dar, o interactuar con hombres siempre puede llevar, aunque no se espere ni justifique, a un lugar incómodo en donde tenga que echar mano de toda su sabiduría y experiencia para mover el foco lejos del contexto sexual. Una mujer siempre tiene que tener a la mano su manual interiorizado de Uso de Armas con Fines no Involucratorios.

Dice Louis C.K. en uno de sus bits cómicos, parte verdad-parte chiste:

No sé cómo es que las mujeres salen con hombres,

considerando que somos la mayor amenaza para ellas.

¡Pero las mujeres siguen saliendo con nosotros!

-‘Sí, saldré contigo, sola, de noche’.

(¿Estás loca?)

-‘¿A dónde vamos a ir hoy?’

(A tu muerte, estadísticamente)

(Esto no es necesariamente cierto. Las causas de muerte en mujeres, en Estados Unidos, son en general muy similares a las de muerte en hombres. Pero el punto es muy ilustrativo).

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. No es ninguna celebración, no es para felicitar a nadie (#osazo). Es para aumentar la concientización. Para que la otra mitad del mundo, la que no tiene un Día Internacional, escuche y entienda cuáles son los problemas que plagan a la mitad apelada. Son muchos problemas, y desde 2000 se han puesto “temas” para cada año, que siempre van por dos grandes vertientes: igualdad y violencia. Una, consecuencia de la falta de la otra. Este año la ONU eligió como tema “Igualdad para las mujeres: progreso para tod@s” (hasta en las mejores familias usan la arroba en vez de o/a). El argumento es que los países donde hay más igualdad avanzan más. Está bien.

Pero en paralelo creo que hay que atender otro tema mucho más importante: la violencia contra las mujeres. La prevención, la reacción, la atención.

Los chistes sexistas sobre las mujeres y la cocina; la degradación y sumisión en los concursos de belleza; la humillación del acoso sexual. Todo esto, tolerado por todos y perpetuado por los hombres.
Yo soy hombre. Y aunque muchos, incluso mujeres, se creen el cuento de la animalidad y las reacciones instintivas del género masculino, yo digo que ya basta. Es bien simple: no abusar de la fuerza para intimidar ni forzar, jamás. No abusar de ser mayores en número, tamaño, fuerza. Nunca. Punto. Es un precepto tan sencillo que hasta cabe en un tuit.

Ya se sabe

Me nem nesa
(“Ya se sabe”, dialecto Dothraki)

 

Elvis fingió su muerte y vive en Brasil, muerto de aburrición, sin drogas ni conciertos ni admiradoras golpeando su puerta. La CIA hizo caer las Torres Gemelas, en un esfuerzo imaginativo increíble, presionado por los grandes consorcios que se alimentan de las guerras, y el de unos cuantos operadores de seguridad en aeropuertos que deseaban escanear a las pasajeras guapas con máquinas de rayos X de cuerpo completo. Cada pequeña acción del gobierno, sea local o nacional, ha sido ordenada puntualmente por Enrique Peña Nieto, que todos saben que recibe instrucciones de Luis Videgaray, lacayo de Carlos Slim y Carlos Salinas, que obedecen órdenes de los poderes fácticos sionistas, que son a su vez una fachada para los Illuminati, logia que ha sobrevivido desde el s. XIV gracias a poderes fantásticos que por supuesto se han guardado de usar cuando realizan tareas no-illumináticas.

Y un nuevo manjar para los conspiramigos: la captura del Chapo Guzmán. Las orejas no son iguales, el pelo es diferente, engordó, envejeció, nos están engañando. Aparentemente el 41% de los mexicanos creen que este Chapo que nos enseñaron no es el Chapo de verdad. Claro que aproximadamente el 0.0001% de los mexicanos ha visto alguna vez a tan ilustre señor en persona, no sólo en foto. Y si alguna vez has visto una foto tuya de perfil, desde arriba, haciendo un ademán extraño y usando ropa que te quedaba demasiado justa, sabes que las fotos no sirven para decir que sabes cómo luce una persona.

Dudar es inteligente. Es una de las cosas que distingue al adulto del niño, al inteligente del ingenuo. Pero dudar colectivamente es otra cosa: es otra forma de ser como los demás. Es, quizá, pertenecer a la logia de la mexicanidad experimentada. Y también, paradójicamente, es ir con la corriente y ser víctima de un posible engaño, pero viniendo desde la otra dirección. De hecho también es tener miedo: a ser tomado por tonto, inocente, crédulo. A creer en la información “oficial”. A no saber que el gobierno nos toma el pelo en todo, porque el gobierno es malo, siempre lo ha sido, y a excepción de una tía que trabaja en Sagarpa y nadie sabe qué hace exactamente, todos los demás burócratas funcionan en sincronización para encubrir, manipular y esconder. Casi ninguno de ellos sabe por qué lo hace, pero lo hace. Es sabido.

Me imagino que en Suecia, cuando el gobierno dice que se gastó ocho millones de coronas suecas para pavimentar la calle Sôchtzoltz, el 99% de los ciudadanos, en vez de pensar que justo en esa calle vive el primer ministro o que seguramente le asignaron ese proyecto a su primo segundo, se queda conforme y continúa armando muebles o coches o siendo amables con sus semejantes o alguna otra cosa fantástica. Pero en este país no: desconfiar es necesidad. Los esfuerzos del gobierno, que son muchos, palidecen ante la percepción de corrupción e ineficiencia. Muchos servidores públicos hacen cosas buenas, trabajan bajo un código de honor, o simplemente hacen su chamba. Pero muchos otros no. Y por eso, previsiblemente, no es fácil confiar.

 

Sin embargo también es buen ejercicio desconfiar de la desconfianza. Del mismo modo en que puedes imaginar a un oscuro policía buscando por las calles a un Chapo-doppelgänger, deberías creer que a alguien le benefician tus dudas, y más si logra hacer que las expreses públicamente. Y pensar. Pensar es lo mejor de todo. ¿Importa realmente si el verdadero Chapo Guzmán está en Bali mientras un clon suyo se da -con toda probabilidad- la gran vida en la cárcel? ¿Nos están ocultando la verdad? ¿Qué consecuencias habrá? ¿Es una estrategia para poner a EPN en la cima de la opinión mundial? ¿Deberíamos rebelarnos y hacer saber a todos que el presidente no es el gran estadista que quieren pintar, y que el país está en un estado fallido en el que sería una tontería invertir?

El escepticismo es buena estrategia, en su modo no vociferante.

Extracción

No recuerdo el momento preciso ni qué pasaba en esos momentos por mi mente, pero cuando supe que la secuestraron, se activaron en mí esas secciones del cerebro que seguramente son las que se prenden al final de la vida, cuando estás en tu cama esperando el momento final, y entiendes durante unos breves segundos que sí, que estas cosas te pasan a ti también, que no tenían por qué no haber pasado nunca. Pensé y pensé en las cosas que vivimos juntos, el día que la conocí, tan platicado por ambos; las veces en que estuve cegado por su amor y cuando después descubrí que pocas cosas habían sido verdaderas en nuestra relación. Recordé cosas malas que le deseé, abrigado por la libertad de saber que era imposible que le ocurrieran debido a mis pensamientos. Cerré un momento los ojos, hice un esfuerzo por dejar de pensar egoísmos pero no hacía más que sentir que todo era parte del karma y que por alguna absurda omnipotencia las cosas se estaban ajustando, no hacia el mejor de los escenarios pero sí hacia uno que hacía falta vivir. No pude pensar en el dolor de su familia ni la angustia que ella misma estaría viviendo. Era demasiado duro. Tampoco pude hacer llegar mi mente hacia el punto en el que todo lo que has hecho en la vida se borra de un plumazo, y ni siquiera por un auto en accidente estúpido ni la pésima suerte en forma de bala, sino por la mezquindad de un grupo de seres que habían decidido que merecían ese poder de decidir sobre la vida de otros y crear el mayor sufrimiento sostenido que se puede imaginar.

Lo que sí podía imaginar eran los escenarios posteriores a lo que mi mente asumía como la consecuencia inevitable. Sólo me detenía a considerar las malas noticias, e incluso cuando las noticias eran buenas, llegaban después de un largo tiempo en el que el alma se había ya dado por vencida y todos nos habíamos hecho a la idea del peor de los resultados. Pensé que de ocurrirle a alguien de mi familia, me cegaría de odio y abandonaría todo en pos de una venganza que tampoco parece ser el camino más común para los familiares de víctimas de secuestro.

Jamás sino hasta ahora se me ocurrió pensar que esos que en algún momento se deciden a capturar a una persona, a interrumpirle el camino, a arriesgarse por unos miles de pesos que son el atajo hacia una vida mejor que jamás tendrán, son quizás los primeros sorprendidos cuando finalmente se deciden a ejecutar el secuestro, y que jamás se llaman a sí mismo “secuestradores”, porque quizás a ellos también les parece una palabra demasiado fuerte, que evoca imágenes de llanto, desesperación, y los inevitables finales tristes, ya sea para las víctimas o para ellos mismos.

No sabía yo en ese momento que ella estaba también viviendo instantes de lucidez nunca antes conocida, recapitulando historias de su vida, recordando pedazos de lo que había o no construido, y que entre esos pequeños recuerdos había espacio para los que tenía conmigo, tanto en los que habrían coincidido si alguna vez hubiéramos tenido tiempo para disfrutar juntos de sus memorias, como los que curiosamente eran opuestos a los míos, y en los que ya jamás nos pondríamos de acuerdo porque las veces en que lo intentamos, invariablemente nos quedábamos cada uno con las mismas conclusiones, excepto cuando las conclusiones eran las mismas pero amplificadas a la luz de las infructuosas pláticas.
Por hacer que mi mente dejara de vagar en esos pensamientos tan desagradables, intenté primero dedicarme a tareas generales y luego a otras que exigieran una mayor concentración, pero el sentimiento de tristeza me interrumpía a cada segundo, haciendo que volvieran a pasar por mi mente los mismos pensamientos negativos, las oscuras ideas que yo sentía como premoniciones y que muy en el fondo eran deseos. Sin notarlo, estaba actuando mecánicamente, y aunque incluso contestaba a las preguntas que otras personas me hacían, era como si todo eso lo estuviera viviendo alguien más y no yo. Me preocupó por un momento estar tomando toda esta situación con demasiada angustia, y acto seguido me preocupó no estar dándole la importancia debida, para finalmente sentir una mezcla de liberación y deseo, invadiéndome de forma desordenada.

Justo a la mitad de uno de estos actos involuntarios miré hacia fuera de mí, intentando ubicar una voz que me parecía familiar, vi que extrañamente la tenía enfrente de mí, a ella, y que había dejado de hablarme durante unos segundos, con los ojos nublados por las lágrimas, calculando si debía callar o no. Salió de mí un sonido que correspondía a las palabras “vete, eres libre” pero me sonó como si alguien más lo dijera, y sentí que ese alguien más era un, qué difícil palabra, secuestrador.
Me senté a considerar todo esto mientras escuchaba, otra vez en los oídos de alguien más, un ruido como de sirenas.

Si no eres el cliente…

“Si te dan el servicio gratis, entonces tú no eres el cliente”. Es el dicho que funciona últimamente como driver de todo el mundo de internet. Ahora tenemos e-mail gratuito, buscadores gratuitos, mensajería gratuita, redes sociales, enciclopedia actualizada al segundo, administración de tus finanzas personales, etc. Todo gratis, sin desembolsar un peso. En todos los casos anteriores salvo el de la Wikipedia, el financiamiento se hace vía otros clientes: Google, Twitter, Whatsapp, Facebook, todos ellos tienen gastos enormes: personal, equipo, matenimiento, ancho de banda. Alguien tiene que pagar las cuentas y no es precisamente un millonario excéntrico que, movido por la culpa de haber hecho su fortuna por algún medio ilícito, desea dejar un mundo mejor antes de morir (cualquier semejanza con el scripts de series gringas de misterio y detectives es meramente casual).
Mucha gente me pregunta “¿…y entonces cómo hace dinero Facebook, si todo es gratis?” Para quien haya sufrido, digo tenido la suerte de trabajar en campañas de marketing modernas, es fácil saber que los enormes ingresos de Facebook vienen de los anuncios laterales que aparecen en cada página del sitio y por los que las marcas, artistas y candidatos desembolsan dinero ahora que los “Likes” son los lingotes de oro de internet.
(De hecho me pregunto, al ver que los noticiarios también le han entrado al juego absurdo de presentar estadísticas de popularidad basadas en followers y likes, si se dan cuenta de que están trabajando para Twitter y Facebook. No, no me contesten.)
Si uno mira bajo esta óptica los cambios que hacen estos sitios, aguantando reclamos de sus usuarios -que no clientes-, arriesgando su popularidad por implementar políticas más agresivas de publicitación de marcas, compartición de tus datos personales, etc, es más claro entender cuál es esa no tan oculta agenda que los motiva. De hecho casi nunca estos sitios implementan un nuevo servicio por el que piensen cobrar: todo es “gratis”. Sólo cuando el servicio es de utilidad exclusivamente para el usuario, le ponen un precio. Pero en general intentan absorber incluso estos gastos (véase la cantidad de servicios incluidos en los Facebook Fan Pages, por los cuales no cobran ni un centavo).
No ser el cliente tiene sus grandes desventajas. Jamás te van a consultar o pedir aprobación cuando sea necesario hacer modificaciones, cambios en el diseño ni darte acceso a funcionalidad privilegiada en el sitio (¡imagina que por una cuota mensual Google te mostrara mejores resultados en tus búsuqedas o que por $100 quincenales pudieras obtener ese Santo Grial de las redes sociales, el “Quiero ver quién visitó mi perfil”!)
Tampoco es muy probable que, no siendo el cliente, alguno de estos sitios te dé un trato especial si por error borraste todos tus mails o encontraste un espantoso “bug” que no te permite subir una foto al perfil si el archivo viene con acentos. Es, básicamente, el mundo de “aprovecha lo que te damos y no te quejes”.
Entonces, ¿cómo sí puedo hacer que me escuchen si no estoy de acuerdo con algo?, te estás preguntando. Creo que hay dos respuestas: quejándote desde algún púlpito suficientemente visible, o hacerlo en bola. Lloriquear en Twitter porque Whatsapp a veces no funciona es poco efectivo si tienes 84 followers, pero si tienes 200,000 la cosa cambia (véase el caso de Alec Baldwin y American Airlines, que por cierto le rebotó en el trasero a don Alec, pero eso es también una consecuencia de ser un blanco tan visible). Con todo y su banalidad, para eso pueden servir los TTs, los memes, los likes. Es difícil hacer que tu voz se escuche entre tantos gritos, susurros y murmullos, pero nunca sabes si esa frase tonta que pusiste en un cartel amarillo imitando los de la librería Gandhi va a tener al día siguiente 50,000 comments en tu Tumblr.
Y creo que lo mismo se puede aplicar a la política, a las elecciones, a la participación ciudadana. Está claro que ningún político trabaja para ti, ni para tu comunidad, ni tu estado. Todos trabajan para ellos mismos, para el partido y para los reflectores. Necesitan, como Google+, que te unas a ellos, que te cambies de bando, que por lo menos los tengas presentes. Necesitan que les votes, y para eso tienen que presentarse como opciones atractivas, intentando decir y proponer algo que le resulte atractivo a la mayor cantidad de personas, mientras en los medios se presentan como los paladines de la justicia, el honor del país y la defensa de los entuertos. Quizás en lo oscurito negocian con los poderosos y los que saben cómo manejar un país o una dependencia, pero al final no gana quien hizo mejores planes de gobierno ni el que será capaz de pensar claro cuando 50 reporteros le pregunten algo que no venía en el Acordeón Maestro de Preceptos Enlatados que practica todas las noches frente al espejo.
Así que: por supuesto que sirve de algo votar. Por el menos malo, si así lo quieres ver. Por el que no se va a volver loco con tanto poder ni se va a obsesionar con sólo una de las responsabilidades de su trabajo. Por el que será capaz de armar un gran equipo de trabajo y sepa manejar ante los medios cualquier impasse propio o ajeno.
Pero no sólo hace falta votar. También hay que reclamar, organizarse, pararse de la silla en la que estás leyendo esto y hacer bola junto con otros 100, 500, 10,000 con los que coincides en tu molestia. Sí, sirve de algo ser activista de red social: a veces ahí empieza la atención a moverse hacia algún tema. Pero a veces hará falta hacer algo un poco más asertivo. Más preciso.
Y darle poder a los buenos periodistas, a los buenos medios, a los que hacen bien su trabajo y sabrán quejarse desde su tarima. Sí hay, y varios.

The Bloggess

Soy fan fan fan de Jenny Lawson, a.k.a. The Bloggess; su humor me mata. Un ejemplo: después de“mostrar claramente” a Stephen Colbert como robachistes (-Dios siempre, después de abrir una puerta, abre una ventana. -Probablemente por eso la cuenta de la calefacción del paraíso siempre anda por las nubes), algún lector le señaló que en realidad ese chiste lo había dicho Colbert en programas MUY anteriores.
¿Su respuesta?
Dios mío. Ni siquiera Stephen Colbert es inmune a que sus chistes sean robados por Stephen Colbert