Historia de un bebito que no fue

Antes de empezar, quiero aclarar que la intención de este post no es arrancar lágrimas, despertar lástima ni quejarse ante el infortunio. Es la historia de un bebito que no nació, que quizás ni siquiera existió, pero que fue muy deseado y llorado cuando ocurrió el triste desenlace. Es un recuento de lo que sentí, intentando reconstruirlo a partir de los pocos recuerdos que no he bloqueado de este evento que ocurrió hace ya dos meses. Hace rato casualmente cayó en mis manos un post antiquísimo sobre lo que sentí cuando habían pasado apenas dos meses del embarazo anterior, y me pareció que era justo también recordar a esta personita que pudo haber sido parte de una familia que la habría querido muchísimo. Quizás de paso algunos demonios queden exorcizados, además.
Tengo una esposa y un hijo de tres años. Somos una familia feliz, gracias a muchas cosas que nos unen y aún a pesar de algunas que nos separan. Hace ya más de un año, después de una larga racha de infelicidad matrimonial, tomé la sorprendente decisión de salirme de mi casa y dejar a esposa e hijo, y cuatro meses y medio después decidí que nada era más importante que ellos dos y regresé. Durante mi ausencia hice muchas cosas de las que me arrepiento, otras de las que siempre me acordaré, y algunas que simplemente llenan mi libro personal de Cosas que me Ocurrieron.
Como un efecto colateral de este tiempo de ausencia, la llegada de un posible hermanito para Mateo se retrasó. Si en nuestra mente planeábamos tener sólo dos hijos que se llevaran una distancia aproximada de dos años y medio, estos planes se vieron truncados y pospuestos hasta nuevo aviso, puesto que obviamente no íbamos a cometer la absurdez de “encargar” más descendencia si todavía estábamos lamiéndonos las heridas. Y por lo tanto, pasó un poco de tiempo, Mateo cumplió dos años, pasaron más meses, los daños empezaron a parecer reparados del todo, pasó un poco más de tiempo aún, y por fin decidimos que era tiempo de ser valientes y buscar embarazarnos.
Es así, hay que ser valiente para intentar embarazarse, sobre todo en estos tiempos de sobreinformación. Nunca es el momento ideal, siempre en tu mente aparece algún pequeño duendecillo que levanta la mano dubitativamente, diciendo “…y sin embargo…”
Y sin embargo la gente se embaraza, a pesar de impedimentos, planes no hechos, impreparación, diferencias de opinión, etc. Pero para nosotros fue una decisión enormemente trascendente, porque la separación marcó de forma dramática la relación, que hasta entonces había sido como de cuento de hadas, al menos en apariencia. Además, nos esforzamos por desearlo con todas nuestras fuerzas, y hacerlo porque queríamos tener y recibir esa responsabilidad nueva, no porque quisiéramos darle un hermanito a Mateo o porque dos hijos es lo que ambos teníamos en mente desde la infancia.
De modo que lo decidimos, lo intentamos, y pegó. La sesión que condujo a la concepción fue un hermoso evento similar al que nos llevó a la creación de Mateo, y hasta fotos nos tomamos. Fotos que por cierto subí a internet un par de semanas después sin saber que retrataban en pleno inicio de la gestación.
Nos enteramos del embarazo tres semanas después, y nos pusimos felices. Por un lado no podíamos creer en la suerte que teníamos por haberlo logrado al primer intento, y por otro lado sabíamos que así iba a ser. Otra vez nos sentimos tocados por la Fortuna y rodeados por ese halo de invulnerabilidad que nos había seguido durante el primer embarazo, en el que todo salió a pedir de boca. Le platicamos a toda la familia inmediata, hicimos continuas mini-celebraciones y, por supuesto, también planes cortos, medianos y largos.
Por ejemplo, hicimos un pequeño evento para platicarle a Mateo: lo llevamos a comer a un lugar rico, luego a pasear en el parque, y ahí ambos le dijimos que tendría un hermanito. Cuando le platicamos que su mamá llevaba un bebito en la panza, inmediatamente dijo, con infinita y temerosa amabilidad: “¿Me dejas verlo?” De modo que se puso contento, dijo que prefería una hermanita, y dejó de prestar atención al asunto. Sin embargo, creo que por primera vez empezó a albergar la ilusión de tener hermanos.
Durante dos semanas la vida transcurrió igual que siempre pero con un especial brillo, y siempre sintiendo que se aproximaban tiempos mejores en todos los sentidos. Empezamos a planear pequeños detalles, a desempolvar objetos que se usaron cuando Mateo era un bebé minúsculo, y sobre todo a buscar nombres. Este, creo, fue el proceso que más energía nos tomó durante esos días, y el que más me dolió que quedara trunco cuando todo terminó.
Para encontrar el nombre de Mateo nos tomamos cientos de horas barajando nombres que nos gustaban, riéndonos con los que eran graciosos o desconocidos, preguntándonos qué razones nos llevarían a elegir el nombre final. Pronto Mateo se perfiló como finalista, luego como elección oficial por si resultaba ser niño, y extrañamente nunca encontramos el nombre definitivo para el caso de ser niña. Cuando conocimos el sexo del bebé empezamos a utilizar su nombre todo el tiempo, tanto directamente al hablar con la panza como al referirnos a él.
En el caso de este nuevo bebé, dejamos que nuevamente la inspiración llegara sola, intentamos no reutilizar nombres de aquella primer época, y en esta ocasión fue mucho más sencillo encontrar nombres de niña. Soy de lo menos supersticioso que se puede ser pero quiero creer que fue porque el bebito que venía en camino era una niñita.
Quedaron nombres muy bonitos en la ronda final: Leonor, Tiaré, Naomi. Creo que ya habíamos decidido por este último como nombre definitivo, y aunque quedaba aún el pendiente de elegir el de niño, estábamos felices y satisfechos.
Sin embargo, un desafortunado día me llamó Andrea para decirme que había tenido unos pequeños sangrados, que había llamado al doctor y que le había dado cita para ese mismo día. La revisión arrojó un resultado de 50%-50% de que todo estuviera bien, cosa que nos puso sumamente tristes porque no estábamos preparados para una noticia así, y mucho menos considerando que el anterior embarazo había sido como de libro. Dos días después Andrea se estaba muriendo por los dolores y tuvo que correr de emergencia al hospital, donde el doctor nos notificó la fatídica noticia: las cosas no estaban nada bien y tenía que realizar un legrado. Para colmo, yo estaba en una junta muy lejos y pasé dos horas infernales debajo del tráfico desesperante de la Ciudad de México. Al llegar, ambos estábamos muy alterados y mucho más yo al ver que desaparecía tras unas puertas de hospital, subida en una camilla. El shock de ver interrumpidos nuestros sueños quedó en segundo plano ante la amenaza de que algo mucho más grave sucediera.
La operación salió perfectamente bien. El ginecólogo insistió en que nos hiciéramos varios exámenes en donde la conclusión fue que quizás nunca hubo implantación o siquiera huevo; que no había explicación definitiva pero que al mismo tiempo era buena noticia. Esto era secundario, porque lo más importante en ese momento era el luto: sentíamos como que se había muerto una pequeña parte del alma. Para Andrea fue mucho más duro, por supuesto, y llegó a decirme que no quería nunca más tener hijos, aunque aceptó que le dijera que esto era probablemente algo que quizás después dejaría de pensar.
Ya pasaron dos meses, y todo está superado al menos al punto en el que hemos vuelto a hacer planes de embarazarnos. La vida siguió, afortunadamente, y en muchos momentos fue Mateo quien nos sacó del arrobamiento y la tristeza, con su sonrisa hermosa, con su amor por la vida, con su sola existencia. Tener que seguir atendiéndolo día a día nos hizo entender, sin palabras, que podíamos superar lo ocurrido y que sería igualmente bueno tenerlo sólo a él o tener otro hijo más en algún momento.
Mateo ha tenido como secuela que le cuesta mucho trabajo dormir solo, cuando nunca tuvo problemas antes; también ha empezado a incluir en sus juegos una variante, y con su abuela, con su nana y básicamente con quien se deje juega a que son sus hermanos. Queremos creer que esto se hará realidad en poco tiempo.
Una última nota: decidimos no intentar utilizar de nuevo el nombre de Naomi ni ninguno de los que consideramos para ese bebito, a quien quisimos e hicimos parte de la familia durante mes y medio.