Amabilidad excesiva

“Señorita, me da un café”. “Mesero, tráigame mi platillo ya, que se me hace tarde”. Estas son frases que podrían ser parte de un diálogo en alguna novela o cuento. Sin embargo, en la vida real, no lo decimos así. Decimos: “Señorita, ¿me podría traer un café, por favor?” o “Joven, le encargo mucho mi platillo, si no es mucha molestia”. Siempre el “por favor” y el pospretérito. Somos como el chiste del que iba a comer al restaurante de Don Agapito: “Don Agapito, por favor un arrocito con frijolitos y una carnita con papitas, porfavorcito” (el chiste es muy malo, no vale la pena reproducirlo aquí).
Asociado al “por favor” está luego el “gracias”. Hoy en un restaurante, me sorprendí diciendo “gracias” en tres frases contiguas cuando me traían el refresco (“gracias”, al llegar el mesero, “gracias, sin popote”, y luego “gracias” cuando retiraban el popote). Quizás sea yo el excesivo, pero así me educaron y todos en mi familia -de Oaxaca, por cierto- hablan así. Hasta peor.
Esta costumbre, muy latinoamericana, de pedir todo con exceso de amabilidad -al menos en sitios públicos, porque con los subordinados en la chamba es otra historia-, es algo que le choca a cualquier europeo que nos escuche. “¿Por qué se lo pides por favor? Es su obligación…” nos dicen. Y tienen razón. La consecuencia es una brecha en la comunicación entre, por ejemplo, españoles y mexicanos: en Bancomer me ha tocado asistir a llamadas con españoles de BBV y nuestra percepción general es que son muy groseros para pedir las cosas. Porque acompañan la falta del “por favor” con comentarios muy directos, nada sutiles, e incluso críticas que aquí se toman muy a pecho. Quizás en el caso particular de Bancomer sí hay algo de desprecio, pero esa es harina de otro costal. Entre ellos también se comunican de forma muy similar.
¿A dónde voy con todo esto? Una historia, antes de pasar a la grandiosa conclusión: a una amiga mía le dió una época por calificar todo de “maravilloso”. Sobre cualquier platillo bien preparado, con placer declaraba “estuvo maravilloso”, una película regularmente buena se convertía con facilidad en una “maravillosa” película. Al decir la palabra, se le llenaba la boca de maravillosidad, y he de confesar que yo interpretaba todo esto como un optimismo, ejem, maravilloso.
Hasta que otro amigo le dijo, harto de la repetición del calificativo: “Bueno, pero ¿en dónde dejas entonces lo verdaderamente maravilloso?”. Esto terminó la moda de mi amiga y de paso aplastó cualquier brote de contagio entre todos nosotros.
Esta historia puede extrapolarse: de tanto decir “por favor” y “gracias” para todo, terminan no significando nada, como un niño que repite “osteoporosis” cinco mil veces. Ya no significa que estemos agradecidos por el servicio, o que en verdad seamos muy educados. Más bien creo que escondemos nuestras intenciones, y que lo hacemos así porque los mexicanos, en general, somos como jarritos de Tlaquepaque (con cualquier cosa nos rompemos). Se nos ha desarrollado tal hipersensibilidad ante la confrontación directa que arropamos nuestras peticiones con muletas de amabilidad. ¿O no?
Yo, por mi parte, me propongo a reducir los “por favor” y “gracias” a tan sólo 500 al día.


Sobre el chiste de Don Agapito: un día éste se harta de que su cliente diga todo en diminutivo, y se lo hace saber. Al día siguiente, vuelve el cliente y Don Agapito le pregunta: “¿qué va a querer hoy de comer?”. El otro le contesta: “Nada don Agapo, hoy no tengo apeto”.
Les dije que era muy malo.