¡Cómo se equivoca Waze!


Waze parece sacado de cuentos de ciencia ficción: no sólo encuentra la ruta para llegar en auto a tu destino sino que decide cuál es la mejor basada en el tráfico y la va modificando conforme avanzas; avisa cuando hay manifestaciones, policía o detectores de velocidad; permite visitar ciudades o colonias desconocidas sin miedo a perderse -¡aunque no a ser asaltado!-; lee tu agenda de citas y te avisa que a qué hora debes salir para llegar a tiempo; notifica a tus socios o amigos sobre tu hora estimada de llegada; incluso te conecta con otros conductores para agradecerles por avisar de baches, accidentes o socavones.

Dos cosas que quizá no sabes sobre Waze: la primera, que es la cristalización del trabajo en equipo y que con sólo abrirlo estás ayudando a que otros sepan el estado del tráfico justo donde estás; la segunda, que para bien o para mal el dueño de Waze es Google.

¡Pero se equivoca! dicen todos. Es la queja común reivindicadora de la inteligencia humana, la memoria de los taxistas y la intuición de los veteranos del tráfico en la ciudad: noooo, yo no uso Waze, me hace unas rutas rarísimas, me lleva por caminos absurdos, me hace perder el tiempo. Y sí: Waze se equivoca. A veces, no en pequeño. En condiciones de mucho tráfico el tiempo estimado de llegada, tan misterioso, se va acumulando y acumulando y termina pareciendo una burla. No se “entera” de maratones y mega-marchas y te lleva por calles que acaban de ser cerradas minutos antes. A veces, por hacerte ganar unos segundos, te hace tomar una calle paralela para después regresar a ella. ¿Por qué? Definitivamente no para hacer que los Guerreros del Camino confirmen que ninguna máquina sabe más que ellos.

Sin embargo, es entendible que Waze se equivoque y ahora veremos por qué y bajo qué condiciones.

¿Cómo funciona Waze? Ya dije antes que funciona “en equipo”. Se inventó en 2006 en Israel, fue diseñado desde el principio para alimentarse de la información que los conductores pasivamente le compartirían. Por lo tanto no hace falta que reportes accidentes o desviaciones: con avanzar, detenerte en los semáforos, tomar atajos secretos a tu oficina, acelerar cuando la calle se abre y subir el volumen de la radio cuando pone una buena canción, estás enviando información a Waze y otros la aprovecharán cuando éste elija rutas para ellos.

Por cierto, esa última parte sobre el volumen de la radio no es cierta, la puse sólo para ver si te estabas fijando.

En tiempo real, la “central” de Waze -eso que los tecnólogos llaman “el servidor”- recibe desde el Waze que corre en tu smartphone tu latitud, longitud y velocidad; calcula en qué dirección conduces, compara tus datos con los de otros autos que estén cerca, anota si hay muchos autos en esa misma calle para estimar si hay tráfico fuera de lo normal, piensa si la ruta que te diseñó seguirá siendo la mejor, se fija en si vas por encima del límite de velocidad, deja pasar medio milisegundo para volver a recibir tu latitud, longitud y velocidad, calcula si sigues por la misma ruta y si no te calcula una nueva, compara tus datos con los de otros, etc.

Es muchísima información. Como siempre, algo tan útil tiene derivaciones perversas: Waze -y por lo tanto Google- puede llevar cuenta de qué rutas tomas, a qué hora, si pasas cerca de empresas que le compraron publicidad, si pones música -¡esto sí es cierto! Tiene conexión con Spotify-, si tu viaje actual es típico o fuera de la norma, dónde sueles estacionarte, etc. Puede aprovechar esta información para decirle a un candidato cuáles son las rutas donde más gente verá su propaganda, estimar tu nivel económico basándose en dónde trabajas y vives, incluso para indicarle rutas no tan eficientes a todos sus usuarios si una autoridad decidiera que necesita “limpiar” una zona de tráfico. El presente es así: hay muchos servicios gratuitos y maravillosos, pero si el producto es gratis, entonces el producto eres tú.

En zonas rurales, Waze también sirve. Si tomas un camino de terracería o si conduces por una calle por la que nadie había pasado utilizando Waze, ayudas a crear un mapa del lugar. Si la gente conoce el lugar en donde vive, tiene más posibilidades de ser feliz.

Muy bien. Entonces, ¿por qué se equivoca tanto? No sé si has notado que esto ocurre en zonas prácticamente desiertas, o a la inversa, en condiciones de tráfico creciente. Waze calcula el tiempo estimado del viaje aprovechando lo que sabe del tráfico en ese preciso instante. No sabe el futuro, y no puede predecir si en determinada calle va a aumentar la afluencia de autos cuando pases por ahí, en media hora. En ciudades tan grandes como la Ciudad de México, donde un viaje de 15 a 25 minutos se considera brevísimo, puede haber una gran diferencia entre el tiempo estimado y el tiempo real. Los servidores de Waze intentan predecir el futuro basándose en las experiencias pasadas (qué lindo, ¿no? Todos hacemos lo mismo) pero no son adivinos.

Otra cosa que hace Waze es diseñarte rutas complicadísimas para ganar un par de minutos. También sugiere rutas que pasan por colonias peligrosas o inaccesibles. No hay un indicador “Waze, no me lleves por zonas delictivas”, porque se negaría a funcionar en la CDMX. Hay que entender que los algoritmos -esas personificaciones de las fórmulas que tanto odiabas en la escuela- no saben de estética y sólo saben buscar caminos y elegir el que resulte con el menor tiempo o distancia. Hay una configuración para que intente el menor número de giros, esperando con eso evitar el problema de las rutas laberínticas para ganar un minuto.

Una forma de resolver esto es sí, aprovechar que el adulto eres tú y tomarte un segundo para inspeccionar las rutas propuestas por Waze. A veces la diferencia en tiempo es mínima, a veces una te llevaría por una zona mucho más agradable, a veces ya sabes que el maratón va a ocasionar que en media hora más cierren cierta calle y mejor la evitas.

A veces tanta gente utiliza Waze a la vez que es contraproducente y se saturan los servidores. Cuando esto ocurre, Waze no puede diseñar rutas, te lleva por zonas de tráfico o sus estimados de tiempo son irreales. Aquí es una ventaja que Google conduzca las operaciones de Waze: podemos estar seguros de que tarde que temprano se resolverán los temas de escalamiento y exceso de usuarios en horas pico.

Otros servicios de mapas y navegación basados en tráfico utilizan métodos similares, pero ninguno es tan popular en México como Waze. Es un caso más de “el fuerte se hace más fuerte”: mientras más gente lo utilice, mejores serán sus datos y menor será su competencia. Gana la navegación y el tráfico, pierde la libre empresa. Por cierto, el uso de datos es pequeño comparativamente: ver un video en YouTube es cien veces más gastador.

Espero haberte convencido y ayudado a entender por qué este servicio sacado directamente de novelas de Julio Verne, gratuito y accesible en cualquier smartphone, se #@$%&# equivoca tan a menudo.

Ahora, ¿cómo hace Waze para indicarte las rutas utilizando los nombres de los letreros viales? Eso no lo sé.

Inconsecuente

Una mini-pickup a cinco metros, una curva en una calle empedrada, yo a pie pensando que me darían el paso sin dudar. No hubo frenado de duda, no hubo mirada de “hasta crees”. Con el coche a unos centímetros pude entender, por las abolladuras de la camioneta y la cara del conductor, que aludir a la decencia habría sido inútil.

Se piensa que es de gente “fina” dar el paso. ¿Sí sabes? Dar el paso a los peatones, nunca olvidar la bolsa de las heces al pasear al perro, levantar el meñique cuando bebes vino. “Mi” conductor tenía cero cualidades de estas, y al verlo de cerca me saltaron detalles que no había pensado evaluar. El fenotipo, la extracción social y la apariencia me aparecieron como un botón, y automáticamente detuve el paso.

Quizá ni me vio. O quizá sí y en 0.05 segundos le resulté odioso. O quizá en su colonia no se le da el paso a nadie, porque todos corren cuando caminan. Puede ser que incluso se sorprendiera de que yo caminara tan despacio. Afortunadamente puedo contar que nunca lo sabré. Fue un incidente sin consecuencia, una anécdota sólo contada por culpa de la vocación de indagar. Pero no un evento sin enseñanza, al menos dos: primero, que las discriminaciones odiosas basadas en elementos sociales o raciales son un resabio del instinto de supervivencia. Segundo, que todos somos el idiota de alguien más, y con una perfecta excusa para serlo.

Corregidora

Para Mónica

Cualquier edad es buena para sentirse vieja, y los 27 no son una excepción. Pero estar terriblemente cansada a las ocho de la noche, después de un día básicamente estático, es ridículo. Mucho más si eres una ex-deportista de alto rendimiento. Infantil, sí, de equitación, sí, pero también vale. Debería ser más descansado sentarse la mitad del día en una silla acojinada que en una de piel, sin respaldo y con las piernas abiertas. Pero no recuerdo en esos tiempos haber llegado tan cansada a casa ni que mi cuerpo buscara apoyo continuamente. Una pared, una mesa, cualquier cosa ayuda ahora a sostenerme.

Pero no es el cuerpo, es la mente. Se me empieza poco a poco a cansar más. Ya no aguanta como antes. Sueño con palabras, con párrafos enteros que hay que eliminar, frases que reordenar, descripciones que habría que dinamitar. No entiendo cómo esta gente cree que se crea. Es decir, tener la semilla de la idea y la inspiración y la madre, lo sé, eso lo que se reconoce. Nadie le paga regalías al que hizo los arreglos, ni al que cantó o al que tocó los instrumentos. La recompensa -económica- es para el que escribió la canción, aunque no le haya puesto sonidos ni ritmo ni haya transmitido pasión ni haya ensayado mil veces ni se haya aburrido mil y una. Entiendo y no voy a pretender que el sistema debería cambiar. Al menos, ese sistema.
Pero no manchen. Hacen ver difícil lo fácil, con tanta vuelta que le dan. ¿Quizá las vueltas son para encontrar la inspiración? No, no es eso. A veces rodean pero también a veces van directamente al punto. Tanto, que olvidan poner comas, puntos, puntos y comas (que hasta ahora no han hecho su aparición espontánea en ninguno de los textos que he revisado, nunca, ever). También olvidan acentos, e incluso, dándoles el beneficio de la duda, las reglas de construcción de frases coherentes. No escriben, escupen. A veces después de una primera leída siento que mi pantalla está salpicada de saliva.
Tengo que imprimir los textos para editarlos, al menos así se ve bonita la página. Esto es, si los rayones, taches, anotaciones al calce, flechas y líneas te parecen bonitos (hay que saber verlos). Sería poético y quizá hasta más efectivo si se pudieran publicar esas hojas sucias pero hermosas, en vez de los limpios e inevitablemente insípidos textos corregidos. Porque me lo han repetido hasta el cansancio, “tu trabajo no es definir el estilo”, y por lo visto tampoco sugerir cambios de estructura, mucho menos de tema. Se me ocurren miles de ideas que servirían para aligerar, desenredar, aclarar, y nada: No Es Tu Trabajo etc. Y de verdad: yo ni siquiera querría el crédito ni andaría por ahí ufanándome de haber transformado un bodrio en algo bueno. Lo haría sólo por quitarme esa maldita comezón que me da en la nuca, esa que también me da en la noche, justo antes de dormir, y cuando alguien que me gusta se me queda viendo.

Una vez sí le dije a alguien. Cada semana llegaban sus textos, siempre desconectados, tan llenos de comas como ausentes de puntos. Una sola idea se repetía varias veces y luego, sin avisar, un salto hacia la nada; un párrafo o dos con el nuevo tema, y paf, otro salto cuántico. Después de diez, quince textos así, sugerí quitar, intercambiar, rehacer: lo de siempre. Pero agregué un par de sugerencias sobre cómo terminar el artículo y caminos diferentes que podría tomar, y uyuyuy, se armó. Se indignó en un correo -¡lleno de comas!- en el que nada más le faltó copiar a Villoro. Ahora que lo pienso, lástima que no lo hizo.
Ya sé qué me van a decir. ¿Y tú cuándo vas a escribir algo? Bueno, ni sabían que nunca escribo cosas propias. Que lo intento pero todo me parece poco. Que me da coraje porque saber reglas de gramática, ortografía y escritura no sirve tanto como te hacen creer en los talleres. Dejo el alma editando y de paso voy envidiando la imaginación mal plasmada y la creatividad torpe y virginal. William Ralph Inge dijo que la originalidad es el plagio aún no detectado, pero de todos modos -y esto lo digo yo- hay que robar originalmente. Quizá es porque no he encontrado a mis abuelos (culturales), quizá porque aún estoy por encontrar “mi pasión”, o quizá porque algunos diamantes existen sólo para poder pulir a otros. Sí, eso suena bien. Aunque mi desprecio sería inmediato para el autor a quien le corrigiera un texto con esa frase.

Ya me puse triste, mejor me sigo con la editada. Oh wow, ya necesitaba esto. “…que me explique porqué decidió llamar a…” etc. ¡Qué bárbara!

Rutinas

El consultorio de mi psicólogo está a dos edificios de unas oficinas de Bancomer donde trabajé hace tiempo. Fueron de los mejores años de mi vida pero a la vez me ponía de malas estar ahí. El edificio y todo lo que significaba eran lo que me ponían mal: llegar, ir a comer de traje y corbata, salir de noche. Inicié soltero, subí en la escala socioeconómica, me casé fulminantemente, encontré un trabajo donde me pagarían mejor y aunque no tenía las prestaciones ni el “potencial de crecimiento”, lo tomé. De niño siempre quise tener una vida feliz, una casa y perros, y el primer paso para lograrlo era tener una vida. Tres años después todo me llevó a empezar como freelance y aunque pasó un tiempo para que me estabilizara, la rutina cambió casi de inmediato.

Tener tiempo para uno implica un grado de disciplina, pero también tres de consciencia, ocho de necesidad y veinticinco de empeño. Mis treintas los pasé trabajando 18 horas diarias distribuidas caóticamente durante el día, de modo que siempre pude tomarme la tarde, tomar un café con una amiga a las 11:00 AM o decidir de último momento ir al cine pero dormía casi siempre a las tres de la mañana, me atrasaba en casi todos los proyectos que tenía y estaba preocupado permanentemente por cómo obtendría el dinero para pagar la vida del mes siguiente, y el siguiente, y el siguiente.

Las cosas han mejorado pero la vida sigue así, diseñada por mí para no tener que llegar todos los días a un mismo lugar a una misma hora. Tener 10 jefes, sí. Días de recorridos por toda la ciudad, sí. Que un día sea la repetición del anterior, nunca.

Lo que envuelve al trabajo también envuelve a la vida. Los espacios vacíos de trabajo se llenan de libre albedrío y de decisiones para tomar en el momento. En particular en mi vida no hay repeticiones, sólo ciclos de dos semanas porque desde el divorcio así están acordados los días en que estoy con mis hijos. Ellos sí tienen días, horarios y calendarios, y quizá ver a su papá improvisarlo todo les hace un poco bien y un poco mal. La paternidad es una Hydra distinta a la de Hércules porque con esta cada que crees que ya te hiciste amigo de una cabeza, sale otra con cara neutra y posibilidad de amenaza.

Pasar mucho tiempo solo le hace cosas a tu mente, dirían los ancianos del pueblo. No hay playlist ni libro que puedan aguantarse más de tres o cuatro horas en un mismo día cuando el reto parece ser encontrar los límites de la voluntad o del aburrimiento, lo que ocurra primero. Es el compromiso, a falta de un verdadero compromiso.

La agenda que se configura a diario y de botepronto es muy retadora y hasta parecería digna de imitación, pero hay un equilibrio entre estructura y desorden, y todo trapecista sabe que tiene que continuar porque no puede quedarse en el mismo punto de la cuerda por mucho tiempo. La mente no se detiene, ¿eso significa avanzar?

Estrategias para hacer

Resolver un laberinto es una tarea reveladora. El objetivo es encontrar la meta, y para eso empezamos desde la salida. Pero un buen laberinto es complicado y lleno de pequeñas trampas. Aquí el camino que parecía más claro se cierra más adelante, allá el camino secundario da unas vueltas indecibles para llegar a un paso de la meta, sólo para revelar que también está cerrado.

Resolver: con sólo cuatro líneas rectas, pasar por todos los puntos.
Resolver: con sólo cuatro líneas rectas, pasar por todos los puntos.
Se supone que las mejores estrategias consisten en pensar “fuera de la caja” (el origen del término viene de la solución para el problema de aquí a la izquierda): encontrar qué limitaciones del problema son auto-impuestas, saltarse las reglas, pensar de nuevo desde otra óptica, etc. Pero ser genial día a día, problema a problema, no es un propósito recomendable para nadie. Este hombre lo intentó y no creerás lo que le ocurrió después.

Una estrategia más alcanzable es empezar de atrás hacia adelante. Empezar desde el final del laberinto, hacer trampa y recorrer el camino al revés. Las salidas posibles siempre son múltiples, pero la ruta en sentido opuesto es más directa. ¿Necesitas decidir cuáles son las cinco mejores rolas de Vampire Weekend, eres juez de un reality show y todos te parecen ganadores, tu ropero tiene demasiada ropa? Elimina primero lo que va en último lugar ¿Quieres entender por qué tu novia actual te hace feliz pero infeliz, quieres salir a las 5:30 PM del trabajo y no sentirte culpable? De atrás hacia adelante. Por cierto, lo de la felicidad/infelicidad es ligeramente más complicado de resolver.

Cal Newport, profesor asistente en la Universidad de Georgetown y experto en hacer mil cosas simultáneamente, dice:

Calendariza. Hacerlo te confronta con la cantidad de cosas y el tiempo que realmente tienes para hacerlas. Ver la foto completa te ayuda además a hacer cosas productivas en tus horas libres.

Dice además que te fijes terminar el día a las 5:30 (PM, jojo) y vayas de atrás hacia adelante para planear todo. Que intentes draconianamente -linda palabra- rechazar tareas adicionales, gente, interrupciones.

Como extra, esto:

Así es más difícil procrastinar. No puedes decidir si trabajar o no en un periodo determinado, la decisión ya está tomada.

Oh. Procrastinar, esa dulce droga de nuestros tiempos. Le entro. Y ya me voy, porque estoy dieciocho segundos sobre el tiempo que tenía para escribir un artículo genial. Como todos los días.

“Algunas lecturas de 2014”

Amo cómo escribe @Lilian López Camberos. No tengo idea de cuántas veces habrá editado este post pero se lee como un flujo continuo de ideas, ordenadas conforme las va escribiendo, con precisión deliciosa de palabras e ideas.

Explica que el artículo lo escribió pensando en “consignar”, en antojar la lectura, en referir lo leído intentando encontrar sentido en la recomendación, sin que sea algo “horrible”, pretencioso. Misión cumplida.

Un recuento honesto y valioso de lecturas profundas, ligeras, nuevas, clásicas, etc. Como recibir un menú de degustación por e-mail. Sólo falta un botón de Download.

Miedos y no-miedos

Por alguna razón se me metió a la cabeza que tengo 12 miedos en la vida, que tenía que encontrar. Miedos básicos. Será alguna cosa cabalística. O griega.

Así que busqué y rebusqué. Miedos a:

  1. Ser débil
  2. Sufrir
  3. Ser mediocre. Ser equis.
  4. Envejecer.
  5. Hacer el ridículo.
  6. Nunca dejar de ser un niño.
  7. No ser suficiente.
  8. Soltarme creativamente.
  9. Quedarme solo.
  10. No ser querible.
  11. Ser insensible.
  12. Encontrar cosas terribles en mí.

Como bonus-miedo, tengo otro: las mujeres que se pintan demasiado. Parece que no pertenece al conjunto de todo lo anterior, pero de verdad me intimidan las mujeres que se pintan hasta cambiar el color de su piel, que se delinean las cejas donde no iban originalmente, que se ponen bilet con textura, brillo o color que las hace inbesables.

Definitivamente tengo no-miedo a:

  1. Ser tonto.
  2. Ser capaz de amar por “siempre”(1)
  3. Entender.
  4. Empatizar.
  5. Ser abandonado por alguien que me ama.
  6. Mostrar debilidades que no estén en la lista anterior.
  7. El futuro.
  8. El pasado.
  9. Ser mal padre.
  10. Ser mal amante.
  11. Ser juzgado.
  12. Pasar tiempo solo.

Encontré otros miedos como el de perder el tiempo, la falta de libido, no encajar, etc. No sé si son otras caras de las primeras 12 monedas. Y de todos modos no me gustaría arruinar ese número bonito. ¿Quién quiere tener 13 miedos básicos en la vida? Brrr.

(1). Suficiente tiempo como para que valga la pena.

Voz escrita

botticelli-birth-venus

 

En una entrevista a David Bowie, explicaba que al principio (los primeros 8, 10 años de su carrera) no se sentía cómodo escribiendo canciones para sí mismo. Le resultaba extraño escribir pensando en que después cantaría esas canciones, las representaría en escenarios. No encontraba su “tono”. Y sin embargo para otros sí podía hacerlo, con bastante éxito. De modo que decidió crear un personaje al cual escribirle canciones, inventarle historias, uno con el que pudiera experimentar sin miedos (al ridículo, a ser demasiado plano, qué sé yo. Esa pregunta no se le ocurrió al entrevistador).

Y así, creó a Ziggy Stardust, viajero del espacio aterrizado en la Tierra, que podía permitirse las excentricidades que Bowie jamás había. En los videos de esa época se ve cómo cuando lo maquillan entra con facilidad alarmante en el personaje, se siente cómodo dentro de la piel del que existía porque él no sabía aún ser él.

 

(Ziggy Stardust catapultó la carrera de David Bowie. Antes había tenido un éxito muy limitado, y quizá por eso después, de pronto, decidió terminar con el grupo, el proyecto y el personaje, al final de una gira)

Y así me pasa. Congelamiento del cerebro cuando quiero escribir sobre algo que me interesa. Mala elección de temas. Sensación de tener que cumplir con una expectativa. Incluso, el no haber plantado el árbol cuando tendría que haberlo hecho, en vez de hasta ahora.

 

En su autobiografía, Wil Wheaton (el niño-actor que hacía de Wesley Crusher en el Star Trek original y que después de eso jamás ha vuelto a aterrizar en un papel de importancia) dice que después de haber dejado voluntariamente la serie por miedo a encasillarse, dos espectros le rondaban todo el tiempo: uno al que llama Pruébale a Todos Que Dejar Star Trek No Fue Un Error (Pruébale a Todos, de cariño) y Auto Duda. Ambos le hablaban todo el tiempo, al grado de no poder escuchar su propios pensamientos. Abrió un blog, pensando que le ayudaría a recuperar relevancia, y dejó que sus demonios le dictaran el contenido. Intentaba “demasiado fuerte”, por traducir literalmente la expresión famosa. Lo importante era mostrar el tamaño de la no-importancia que le daba a su situación: las frustrantes audiciones, las llamadas que no llegaban, los sueños cancelados. Después de varios eventos desesperanzadores, decidió que ese espacio podía usarlo también para descargar molestias y preocupaciones personales. Y funcionó. No sólo escribía más suelto sino también mejor, más fluido y auténtico. La audiencia del blog aumentó. A decir verdad, no llegaron nuevos papeles ni le llamaron para rogarle que aceptara tal o cual patrocinio, pero sí aparecieron oportunidades nuevas: grupos de comedia, roles de guionista (actualmente escribe para The Big Bang Theory. Sí, ya sé).

Entonces esto es. Hay una voz escrita ideal que no es más que la fantasía de la combinación de mis mejores características (reales e inventadas, faltaba más) y la ausencia de todas mis fallas (más bien, a las que les di backspace al releer). Y me informan que esa voz se encuentra sólo practicando, lo cual tiene una lógica ineludible. Aunque habría esperado que fuera tan pura y virginal que saliera flotando como Venus en el cuadro de Botticelli, tomar el camino largo es igual de válido cuando no importa la hora de llegada.

Galería de exhibiciones

Todas, en una toma, en un arranque: igual que la decisión de subirlas. Se espera la comprensión y disfrute del lector. Con audífonos se escuchan mejor los instrumentos 🙂

 Los Secretos – A tu lado. En una toma rápida, con música en MIDI. Hermosa letra.
 U2 – All I want is you. “You say you want (…) your story to remain untold / your love not to grow cold”
  Burt Bacharach – Raindrops keep falling on my head. La música, la melodía del final. “I’m never gonna stop the rain by complaining”
 George Michael – One more try. Canción de desamor con esperanza final.
 Queen – Somebody to love. Sólo cantar si es por gusto (y los miles de “find me” del final no me los sé, evidentemente).

 

Desde la otra mitad

Todavía no estamos listos. Al menos dos generaciones han pasado desde el evento conocido como “liberación femenina” y aún hace falta que nos apunten qué se siente, con qué miedos viven todos los días, qué han tenido que hacer para darle la vuelta al status quo, a situaciones que no van a cambiar. No durante esta vida.

Hablo de los hombres, aquí. Como no-siempre-orgulloso miembro de este gremio, debo decir que todavía es común el sentimiento de que los hombres no podemos, no tenemos que apagar los instintos que nos llegan desde lo más profundo, y que han sido parte del círculo de la vida desde que el primate se volvió humano. Desde antes, de hecho.

Aún es necesario recordarnos que, para una mujer, salir guapa y arreglada a la calle tiene que haber sido medido contra la certeza de que será acosada con miradas, palabras y hasta algún contacto físico indeseable. Que caminar por una zona donde haya más de 10 hombres juntos es peligroso porque el “efecto anonimato” les da valor y amplifica sus naturalezas animales. Que trabajar, conversar, departir, compartir, comer, ayudar, pedir, dar, o interactuar con hombres siempre puede llevar, aunque no se espere ni justifique, a un lugar incómodo en donde tenga que echar mano de toda su sabiduría y experiencia para mover el foco lejos del contexto sexual. Una mujer siempre tiene que tener a la mano su manual interiorizado de Uso de Armas con Fines no Involucratorios.

Dice Louis C.K. en uno de sus bits cómicos, parte verdad-parte chiste:

No sé cómo es que las mujeres salen con hombres,

considerando que somos la mayor amenaza para ellas.

¡Pero las mujeres siguen saliendo con nosotros!

-‘Sí, saldré contigo, sola, de noche’.

(¿Estás loca?)

-‘¿A dónde vamos a ir hoy?’

(A tu muerte, estadísticamente)

(Esto no es necesariamente cierto. Las causas de muerte en mujeres, en Estados Unidos, son en general muy similares a las de muerte en hombres. Pero el punto es muy ilustrativo).

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. No es ninguna celebración, no es para felicitar a nadie (#osazo). Es para aumentar la concientización. Para que la otra mitad del mundo, la que no tiene un Día Internacional, escuche y entienda cuáles son los problemas que plagan a la mitad apelada. Son muchos problemas, y desde 2000 se han puesto “temas” para cada año, que siempre van por dos grandes vertientes: igualdad y violencia. Una, consecuencia de la falta de la otra. Este año la ONU eligió como tema “Igualdad para las mujeres: progreso para tod@s” (hasta en las mejores familias usan la arroba en vez de o/a). El argumento es que los países donde hay más igualdad avanzan más. Está bien.

Pero en paralelo creo que hay que atender otro tema mucho más importante: la violencia contra las mujeres. La prevención, la reacción, la atención.

Los chistes sexistas sobre las mujeres y la cocina; la degradación y sumisión en los concursos de belleza; la humillación del acoso sexual. Todo esto, tolerado por todos y perpetuado por los hombres.
Yo soy hombre. Y aunque muchos, incluso mujeres, se creen el cuento de la animalidad y las reacciones instintivas del género masculino, yo digo que ya basta. Es bien simple: no abusar de la fuerza para intimidar ni forzar, jamás. No abusar de ser mayores en número, tamaño, fuerza. Nunca. Punto. Es un precepto tan sencillo que hasta cabe en un tuit.

Ya se sabe

Me nem nesa
(“Ya se sabe”, dialecto Dothraki)

 

Elvis fingió su muerte y vive en Brasil, muerto de aburrición, sin drogas ni conciertos ni admiradoras golpeando su puerta. La CIA hizo caer las Torres Gemelas, en un esfuerzo imaginativo increíble, presionado por los grandes consorcios que se alimentan de las guerras, y el de unos cuantos operadores de seguridad en aeropuertos que deseaban escanear a las pasajeras guapas con máquinas de rayos X de cuerpo completo. Cada pequeña acción del gobierno, sea local o nacional, ha sido ordenada puntualmente por Enrique Peña Nieto, que todos saben que recibe instrucciones de Luis Videgaray, lacayo de Carlos Slim y Carlos Salinas, que obedecen órdenes de los poderes fácticos sionistas, que son a su vez una fachada para los Illuminati, logia que ha sobrevivido desde el s. XIV gracias a poderes fantásticos que por supuesto se han guardado de usar cuando realizan tareas no-illumináticas.

Y un nuevo manjar para los conspiramigos: la captura del Chapo Guzmán. Las orejas no son iguales, el pelo es diferente, engordó, envejeció, nos están engañando. Aparentemente el 41% de los mexicanos creen que este Chapo que nos enseñaron no es el Chapo de verdad. Claro que aproximadamente el 0.0001% de los mexicanos ha visto alguna vez a tan ilustre señor en persona, no sólo en foto. Y si alguna vez has visto una foto tuya de perfil, desde arriba, haciendo un ademán extraño y usando ropa que te quedaba demasiado justa, sabes que las fotos no sirven para decir que sabes cómo luce una persona.

Dudar es inteligente. Es una de las cosas que distingue al adulto del niño, al inteligente del ingenuo. Pero dudar colectivamente es otra cosa: es otra forma de ser como los demás. Es, quizá, pertenecer a la logia de la mexicanidad experimentada. Y también, paradójicamente, es ir con la corriente y ser víctima de un posible engaño, pero viniendo desde la otra dirección. De hecho también es tener miedo: a ser tomado por tonto, inocente, crédulo. A creer en la información “oficial”. A no saber que el gobierno nos toma el pelo en todo, porque el gobierno es malo, siempre lo ha sido, y a excepción de una tía que trabaja en Sagarpa y nadie sabe qué hace exactamente, todos los demás burócratas funcionan en sincronización para encubrir, manipular y esconder. Casi ninguno de ellos sabe por qué lo hace, pero lo hace. Es sabido.

Me imagino que en Suecia, cuando el gobierno dice que se gastó ocho millones de coronas suecas para pavimentar la calle Sôchtzoltz, el 99% de los ciudadanos, en vez de pensar que justo en esa calle vive el primer ministro o que seguramente le asignaron ese proyecto a su primo segundo, se queda conforme y continúa armando muebles o coches o siendo amables con sus semejantes o alguna otra cosa fantástica. Pero en este país no: desconfiar es necesidad. Los esfuerzos del gobierno, que son muchos, palidecen ante la percepción de corrupción e ineficiencia. Muchos servidores públicos hacen cosas buenas, trabajan bajo un código de honor, o simplemente hacen su chamba. Pero muchos otros no. Y por eso, previsiblemente, no es fácil confiar.

 

Sin embargo también es buen ejercicio desconfiar de la desconfianza. Del mismo modo en que puedes imaginar a un oscuro policía buscando por las calles a un Chapo-doppelgänger, deberías creer que a alguien le benefician tus dudas, y más si logra hacer que las expreses públicamente. Y pensar. Pensar es lo mejor de todo. ¿Importa realmente si el verdadero Chapo Guzmán está en Bali mientras un clon suyo se da -con toda probabilidad- la gran vida en la cárcel? ¿Nos están ocultando la verdad? ¿Qué consecuencias habrá? ¿Es una estrategia para poner a EPN en la cima de la opinión mundial? ¿Deberíamos rebelarnos y hacer saber a todos que el presidente no es el gran estadista que quieren pintar, y que el país está en un estado fallido en el que sería una tontería invertir?

El escepticismo es buena estrategia, en su modo no vociferante.