La mancha

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El día que nací mi padre corrió ansioso a los cuneros del hospital para conocer a su primogénito. Preguntó cuál de los bebés era. “Ese” y le señalaron a un bebé que se veía completamente sano y normal salvo por una mancha enorme, ligeramente irregular, alrededor de un ojo. La mancha abarcaba la ceja completa, la parte interna de la nariz y llegaba hasta el nacimiento del pómulo. ¡Oh decepción! En el pueblo de mi papá -Tlacolula, Oax- él conoció en su infancia a varios niños que tenían manchas similares, algunas incluso con folículos. Es decir, lunares con pelos.

La mancha tenía todo el aspecto de uno de esos lunares que mi papá conoció de niño: imposibles de remover, imposibles de ignorar. El lunar gigante, que ya perdí el rastro de en qué ojo estaba pero que por motivos prácticos diremos que estaba en el izquierdo, todavía no tenía pelos pero anunciaba catástrofe: todos los niños se burlarán, pensaba mi papá. Jamás le va a gustar a ninguna mujer, va a ser algo con lo que cargará el resto de su vida. Ni modo, se dijo. Yo lo voy a cuidar, lo voy a criar para que sea súper inteligente, para que sea bueno en los deportes, y que así pueda superar este defecto horrible. Qué mal, qué lástima que no tuve un hijo normal. Pero no importa, yo lo voy a cuidar y querer con toda mi alma. Va a necesitar mucho, pero lo vamos a lograr juntos.

Mientras planeaba así mi futuro -nuestro futuro-, una enfermera se acercó con un trapo en la mano. Sin dudar, limpió en medio segundo mi ojo y la mancha desapareció. Era una mancha de aceite o algo similar. Terminó de limpiar, devolvió el alma al cuerpo de mi padre, y se marchó sin saber de la historia de lucha contra la adversidad que acababa de destruir.

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Esta historia me la contó mi papá cuando yo tenía 14, 15 años. Yo no conocía, no tenía forma de conocer, ese evento que ocurrió a tan sólo unas horas de nacer. Sin embargo, supe que la mancha había estado ahí todo ese tiempo, en mi ojo izquierdo, creando oscuridad. Ahí sigue, incluso hoy. Ya no se puede ver fácilmente, pero la inspección detallada de cualquier foto mía la muestra, inequívoca, rodeando el globo ocular, abarcando un cuarto de cara, opacando la expresión, delatando la mirada. No salen pelos de esta mancha, porque crecen hacia dentro: es una mancha emocional.

Esta es la primer anécdota de mi vida, y el primer capítulo de mi autobiografía.