Ya se sabe

Me nem nesa
(“Ya se sabe”, dialecto Dothraki)

 

Elvis fingió su muerte y vive en Brasil, muerto de aburrición, sin drogas ni conciertos ni admiradoras golpeando su puerta. La CIA hizo caer las Torres Gemelas, en un esfuerzo imaginativo increíble, presionado por los grandes consorcios que se alimentan de las guerras, y el de unos cuantos operadores de seguridad en aeropuertos que deseaban escanear a las pasajeras guapas con máquinas de rayos X de cuerpo completo. Cada pequeña acción del gobierno, sea local o nacional, ha sido ordenada puntualmente por Enrique Peña Nieto, que todos saben que recibe instrucciones de Luis Videgaray, lacayo de Carlos Slim y Carlos Salinas, que obedecen órdenes de los poderes fácticos sionistas, que son a su vez una fachada para los Illuminati, logia que ha sobrevivido desde el s. XIV gracias a poderes fantásticos que por supuesto se han guardado de usar cuando realizan tareas no-illumináticas.

Y un nuevo manjar para los conspiramigos: la captura del Chapo Guzmán. Las orejas no son iguales, el pelo es diferente, engordó, envejeció, nos están engañando. Aparentemente el 41% de los mexicanos creen que este Chapo que nos enseñaron no es el Chapo de verdad. Claro que aproximadamente el 0.0001% de los mexicanos ha visto alguna vez a tan ilustre señor en persona, no sólo en foto. Y si alguna vez has visto una foto tuya de perfil, desde arriba, haciendo un ademán extraño y usando ropa que te quedaba demasiado justa, sabes que las fotos no sirven para decir que sabes cómo luce una persona.

Dudar es inteligente. Es una de las cosas que distingue al adulto del niño, al inteligente del ingenuo. Pero dudar colectivamente es otra cosa: es otra forma de ser como los demás. Es, quizá, pertenecer a la logia de la mexicanidad experimentada. Y también, paradójicamente, es ir con la corriente y ser víctima de un posible engaño, pero viniendo desde la otra dirección. De hecho también es tener miedo: a ser tomado por tonto, inocente, crédulo. A creer en la información “oficial”. A no saber que el gobierno nos toma el pelo en todo, porque el gobierno es malo, siempre lo ha sido, y a excepción de una tía que trabaja en Sagarpa y nadie sabe qué hace exactamente, todos los demás burócratas funcionan en sincronización para encubrir, manipular y esconder. Casi ninguno de ellos sabe por qué lo hace, pero lo hace. Es sabido.

Me imagino que en Suecia, cuando el gobierno dice que se gastó ocho millones de coronas suecas para pavimentar la calle Sôchtzoltz, el 99% de los ciudadanos, en vez de pensar que justo en esa calle vive el primer ministro o que seguramente le asignaron ese proyecto a su primo segundo, se queda conforme y continúa armando muebles o coches o siendo amables con sus semejantes o alguna otra cosa fantástica. Pero en este país no: desconfiar es necesidad. Los esfuerzos del gobierno, que son muchos, palidecen ante la percepción de corrupción e ineficiencia. Muchos servidores públicos hacen cosas buenas, trabajan bajo un código de honor, o simplemente hacen su chamba. Pero muchos otros no. Y por eso, previsiblemente, no es fácil confiar.

 

Sin embargo también es buen ejercicio desconfiar de la desconfianza. Del mismo modo en que puedes imaginar a un oscuro policía buscando por las calles a un Chapo-doppelgänger, deberías creer que a alguien le benefician tus dudas, y más si logra hacer que las expreses públicamente. Y pensar. Pensar es lo mejor de todo. ¿Importa realmente si el verdadero Chapo Guzmán está en Bali mientras un clon suyo se da -con toda probabilidad- la gran vida en la cárcel? ¿Nos están ocultando la verdad? ¿Qué consecuencias habrá? ¿Es una estrategia para poner a EPN en la cima de la opinión mundial? ¿Deberíamos rebelarnos y hacer saber a todos que el presidente no es el gran estadista que quieren pintar, y que el país está en un estado fallido en el que sería una tontería invertir?

El escepticismo es buena estrategia, en su modo no vociferante.

Extracción

No recuerdo el momento preciso ni qué pasaba en esos momentos por mi mente, pero cuando supe que la secuestraron, se activaron en mí esas secciones del cerebro que seguramente son las que se prenden al final de la vida, cuando estás en tu cama esperando el momento final, y entiendes durante unos breves segundos que sí, que estas cosas te pasan a ti también, que no tenían por qué no haber pasado nunca. Pensé y pensé en las cosas que vivimos juntos, el día que la conocí, tan platicado por ambos; las veces en que estuve cegado por su amor y cuando después descubrí que pocas cosas habían sido verdaderas en nuestra relación. Recordé cosas malas que le deseé, abrigado por la libertad de saber que era imposible que le ocurrieran debido a mis pensamientos. Cerré un momento los ojos, hice un esfuerzo por dejar de pensar egoísmos pero no hacía más que sentir que todo era parte del karma y que por alguna absurda omnipotencia las cosas se estaban ajustando, no hacia el mejor de los escenarios pero sí hacia uno que hacía falta vivir. No pude pensar en el dolor de su familia ni la angustia que ella misma estaría viviendo. Era demasiado duro. Tampoco pude hacer llegar mi mente hacia el punto en el que todo lo que has hecho en la vida se borra de un plumazo, y ni siquiera por un auto en accidente estúpido ni la pésima suerte en forma de bala, sino por la mezquindad de un grupo de seres que habían decidido que merecían ese poder de decidir sobre la vida de otros y crear el mayor sufrimiento sostenido que se puede imaginar.

Lo que sí podía imaginar eran los escenarios posteriores a lo que mi mente asumía como la consecuencia inevitable. Sólo me detenía a considerar las malas noticias, e incluso cuando las noticias eran buenas, llegaban después de un largo tiempo en el que el alma se había ya dado por vencida y todos nos habíamos hecho a la idea del peor de los resultados. Pensé que de ocurrirle a alguien de mi familia, me cegaría de odio y abandonaría todo en pos de una venganza que tampoco parece ser el camino más común para los familiares de víctimas de secuestro.

Jamás sino hasta ahora se me ocurrió pensar que esos que en algún momento se deciden a capturar a una persona, a interrumpirle el camino, a arriesgarse por unos miles de pesos que son el atajo hacia una vida mejor que jamás tendrán, son quizás los primeros sorprendidos cuando finalmente se deciden a ejecutar el secuestro, y que jamás se llaman a sí mismo “secuestradores”, porque quizás a ellos también les parece una palabra demasiado fuerte, que evoca imágenes de llanto, desesperación, y los inevitables finales tristes, ya sea para las víctimas o para ellos mismos.

No sabía yo en ese momento que ella estaba también viviendo instantes de lucidez nunca antes conocida, recapitulando historias de su vida, recordando pedazos de lo que había o no construido, y que entre esos pequeños recuerdos había espacio para los que tenía conmigo, tanto en los que habrían coincidido si alguna vez hubiéramos tenido tiempo para disfrutar juntos de sus memorias, como los que curiosamente eran opuestos a los míos, y en los que ya jamás nos pondríamos de acuerdo porque las veces en que lo intentamos, invariablemente nos quedábamos cada uno con las mismas conclusiones, excepto cuando las conclusiones eran las mismas pero amplificadas a la luz de las infructuosas pláticas.
Por hacer que mi mente dejara de vagar en esos pensamientos tan desagradables, intenté primero dedicarme a tareas generales y luego a otras que exigieran una mayor concentración, pero el sentimiento de tristeza me interrumpía a cada segundo, haciendo que volvieran a pasar por mi mente los mismos pensamientos negativos, las oscuras ideas que yo sentía como premoniciones y que muy en el fondo eran deseos. Sin notarlo, estaba actuando mecánicamente, y aunque incluso contestaba a las preguntas que otras personas me hacían, era como si todo eso lo estuviera viviendo alguien más y no yo. Me preocupó por un momento estar tomando toda esta situación con demasiada angustia, y acto seguido me preocupó no estar dándole la importancia debida, para finalmente sentir una mezcla de liberación y deseo, invadiéndome de forma desordenada.

Justo a la mitad de uno de estos actos involuntarios miré hacia fuera de mí, intentando ubicar una voz que me parecía familiar, vi que extrañamente la tenía enfrente de mí, a ella, y que había dejado de hablarme durante unos segundos, con los ojos nublados por las lágrimas, calculando si debía callar o no. Salió de mí un sonido que correspondía a las palabras “vete, eres libre” pero me sonó como si alguien más lo dijera, y sentí que ese alguien más era un, qué difícil palabra, secuestrador.
Me senté a considerar todo esto mientras escuchaba, otra vez en los oídos de alguien más, un ruido como de sirenas.