Un deseo navideño para la industria de la música

La industria discográfica ha estado últimamente en los headlines mundiales, en gran parte gracias a Sony y sus políticas absurdas de tratar a sus clientes ya no como ladrones, sino como ratitas a las que se les colocan collares localizadores y les aplican choques eléctricos cuando hacen algo que no deben.
El caso ha recibido muchísima publicidad. Recomiendo estos artículos en BoingBoing,estos de Enrique Dans, y los de Microsiervos. Bueno, hasta yo hice un artículo sobre ello. El último chiste de nuestros dueños disqueros se ha ventilado de nuevomundialmente y esta vez toca a un grupo cuyo éxito y buenas intenciones hacia la justicia mundial es indudable: Coldplay
Enrique Dans sugiere no comprar discos de Coldplay, para hacerlos entender. Incluso sugiere que no compremos ningún disco.
Yo, por mi parte, pienso que quizás Coldplay no tuvo mucho que ver con las draconianas políticas de su nuevo CD. Ah, pero quizás sí podría ejercer presión sobre la disquera para que se haga algo al respecto. Seguramente escucharemos más del asunto en los próximos días. Es lo mínimo que espero de Chris Martin y secuaces.


Visto que este es un problema con mil caras y aún más razones válidas, ayer he tenido un sueño, que consiste en lo siguiente:

 

  • Imagina que toda la música se puede descargar gratis en internet. Es decir,  que se puede hacer, pero imaginemos que ahora se vuelve legal. Todos los artistas deciden publicar sus canciones en sus respectivos sitios, no cobrando ni siquiera el US$0.99 que cobra iTunes. 
  • Además de esto, las disqueras deciden que en efecto, el precio de los CDs es demasiado alto, y bajan el precio de los discos nuevos a US$4 (¡Cuatro dólares!). Los discos de catálogo, no sé, a $2.50.

¡Muy bonito, pero imposible!, me dirás. Y claro, estas dos simples medidas nos beneficiarían a los consumidores. ¿Y las disqueras, qué ganarían? ¿Ganarían algo?
Yo creo que sí. El placer de tener un CD original, bien impreso, con su cajita y su librito, las letras, unas fotos bonitas, información completa sobre productores, músicos, ingenieros de sonido, etc (para los obsesivos), es muy grande. Lo sé porque yo atesoro mis discos originales. Que por cierto, casi nunca reproduzco: de la cajita van directos al iPod, en formato mp3.
Yo compré quizás diez discos originales el año pasado. La mayoría, para regalar. En cambio, bajé unos 100 álbumes. No, creo que más. Probablemente sean unos 500.
De manera que me gasté US$180 en discos. ¿Habría gastado más si costaran menos? ¡Seguro! Habría comprado los discos nuevos de Franz Ferdinand, Interpol, JayZ, The Streets, Belle y Sebastian, Bloc Party, Arctic Monkeys, Bright Eyes, My morning Jacket, Antony and the Johnsons, KD Lang, Fito Páez, Fabiana Cantilo, Futureheads, The killers, Stereophonics, Kasabian, Kaiser Chiefs, Wilco, LCD Soundsystem, Scissor sisters, Morrissey, Sigur Rós,.. y esos son sólo los nuevos.
Si existieran esos mismos discos a US$4, yo fácilmente gastaría US$500 al año. No exagero. Gasto más en cenas fuera de casa…
Mi mente me está haciendo creer que entonces podría ir a la tienda de discos sin miedo, con gusto de ir a gastarme unos cuantos pesos, sin tener que escarbar en el montoncito de saldos.
¿Y qué pasaría con todos aquellos que estarían igual de contentos solamente con la versión mp3 de las canciones? Pues simplemente, estarían contentos. Probablemente pagarían por ir a ver al grupo en vivo, si se diera el caso, o a fuerza de escuchar su música decidirían comprar el siguiente álbum, o de plano no cortarían ni una pequeñísima flor de su tacaño jardín para comprar música. Pero creo que estos personajes, con el estado actual de las cosas, de todos modos están (estamos) haciendo eso mismo.
Es un poco como aplicar la estrategia de las compañías de teléfonos celulares: hacen pequeños descuentos en su servicio para al final, lograr que aumentes un poco el gasto mensual…
En fin. De alguna manera debe poderse encontrar el beneficio de todos, sin tener que recurrir a medidas drásticas ni a vivir en Un Mundo Feliz.
Y como decía el niño de la película Amazing Grace and Chuck: “bueno, pero ¿no sería maravilloso?“¶