Ser papá, segunda entrega

Hoy hace casi dos meses que sé que voy a ser papá. Ahí voy. Ya entro al cuarto que será de mi hijo(a) y casi puedo sentir que está ahí. Ya puedo apreciar la ropa de bebé, que siempre me había parecido espantosamente cursi. Ya soy un cuasi-experto en el tema de carreolas: qué es importante, cuáles no se aconsejan para bebés menores de seis meses… En fin, ya soy 1/10 de lo que creo se necesita para ser padre. Supongo que estos sentimientos los viven todos los padres primerizos y creo que, considerando cómo van las cosas, este bebé sí es uno muy deseado. Siempre he considerado que ser deseado es algo muy importante para un bebé, y que lo “sabe” desde que está en la panza de la mamá. Es algo parecido a una superstición, pero como suena razonable, me he convencido desde hace mucho tiempo. También creo en los rollos de cantarle, de ponerle música, de hablarle. Y por ejemplo, esas cosas todavía no las puedo hacer. Aún no venzo la sensación de ridículo de hablarle a una panza (aunque eso es en parte culpa de Andrea, que no ha engordado nada). Ya llegará el momento.
Cuánta espera para nacer. Como todavía no aprendo a disfrutar el embarazo de mi esposa, quisiera que todo fuera cuestión de un par de meses. Pero creo que, como muchos otros rituales que practicamos en la sociedad, esta espera es importante para probar y poner retos a los padres. Sabia naturaleza. Supongo entonces que las elefantas son las que tienen que pensárselo más (2 años de gestación, me parece).
Durante los 8 ó 7 meses que pasan a partir de que uno se entera que va a tener un hijo, hay obstáculos en el camino: las hormonas que suelen desequilibrar a la mujer, las influencias de la familia y los amigos cercanos (“¿qué prefieres, niño o niña”; “mi esposa estuvo insoportable todo el embarazo, ya me quería ir de mi casa”). Pero lo más duro son las autoevaluaciones, los momentos de introspección en los que uno se pregunta si está preparado, si no es una mala idea procrear si uno está tan dañado, en cómo es que de pronto ya estamos dispuestos a tener hijos, en cuál es el sentido de todo, en que nada tiene sentido, etc. Ahí es donde uno tiene suficiente para volverse loco. Los padres de antaño, estoy hablando de los hombres, tenían una actitud mucho más desinteresada, menos involucrada: al cabo que ellos no serían parte del nacimiento, limpieza, cuidado y educación de los niños. Ellos se limitarían a poner el cromosoma X o Y y a proveer el alimento. Mi teoría es que también por eso los querían menos. Diciéndolo de manera descarnada: cuidar horas y horas a alguien, desvelarse, sacrificarse, angustiarse por ese alguien, contribuye a que lo amemos. Todo eso del llamado de la sangre me parece un cuento de hadas.

¿Será por este tiempo de 9 meses de espera que otros rituales sociales también esperan? Siempre me he preguntado qué detiene a los novios a planear su casamiento en un mes, o dos. Sí, lo sé, a veces es por el tiempo que tarda la preparación de la fiesta, la reservación del salón, de la iglesia, la confección del vestido, pero no me convenzo. Porque durante el año que toman los novios en promedio para casarse a partir de la decisión, hay muchas cosas que hacer: las familias se van haciendo a la idea de perder un integrante en la casa, se van despidiendo, los novios van haciéndose a la idea de dedicar su vida a esa otra persona, también se despiden de su familia y generalmente de los ingresos ocultos que vienen asociados con ello, etc.

Ejem. Volviendo al tema de la espera por el bebé, todo esto viene a cuento porque el lunes próximo nos toca otra vez ir al ginecólogo, y seguramente a ver otra vez el ultrasonido. Qué emoción. Y en mí, ese tipo de emoción es un poco inmanejable. De manera que hete aquí, un post más para el blog. Espero no aburriros.