Mis Poquianchis

Estudiaban en la prepa 6. Eran dos, y ellas habían elegido el apodo de “Las Poquianchis”. Pero no, ni vendían sexo ni contrataban muchachas que lo hicieran. Simplemente creían que sonaba bonito. Digamos que les parecía cool el nombrecito. Eran rudas, pero como podrá imaginarse, ingenuas. Deliciosa combinación.
Una, bajita y con cara de pocos amigos; la otra, más alta, con ojitos soñadores. La “jefa” era la primera, por supuesto. Y eran extremadamente populares porque ambas tenían un cuerpecito que hacía que un probable rechazo -y la consiguiente burla de quienes dirían “ni siquiera las Poquianchis te pelan”- valiera la pena.
No sé cómo es que nuestros grupos de amigos terminaron coincidiendo. El caso es que Erika, la de ojitos soñadores, pareció fijarse en mí. Esto no lo descubrí sino hasta después de quince insinuaciones obvias y de dos “apalancamientos” (la acción de hacer palancas) de parte de su amiga, por cierto nada convencida con todo el tema. En fin, decía que Erika se fijó en mí, y yo, que ni estaba acostumbrado a tales situaciones ni era un donjuan, me preocupé. ¿Cómo cumplir las expectativas de una de las Poquianchis? ¿Querría arrancarme la ropa al primer instante o se excitaría sólo después de invitarme a llenar de graffitti las paredes de Rectoría? Todo era temor en mí cuando su amiga prácticamente nos obligó a quedarnos solos en el pequeño cuartito de casa de mis amigos, donde ensayábamos todos los días.
Oh, sorpresa. Erika, a pesar del prometedor apodo, no tenía mucha experiencia en el enfrentamiento uno a uno, era un manojo de nervios. Hasta me sentí seguro y experimentado. De hecho, fue tan tímida que el “noviazgo” nos duró poco más de una semana. Nos veíamos en casa de mis amigos, platicábamos un rato, caminábamos hacia su pesero, y nos despedíamos.
Eso es todo. Debe haber alguna moraleja pero me niego a intentarla.
Hoy me acordé de esta historieta.

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